Mucho tiempo hacía que no escribía para este
anuario, a pesar de que he sido invitado a hacerlo año tras año. La razón de mi
“ausencia” es que mis obligaciones profesionales, que dejan menos tiempo libre
de lo que la mayoría piensan, y a que siempre ando metido en “cargos” sin
“oficio ni beneficio”, no me dejaban espacio para trabajar en más “campos”.
Bien, ésta es la excusa que les he ido echando a los sucesivos Hermanos Mayores
de nuestra Patrona. La verdad es que me cuesta trabajo escribir. Para escribir
necesito sentir y todo lo que pienso y siento sobre nuestra Madre ya lo dejé
dicho en mi Pregón de la
Romería 92 y, sobre ese particular, lo único que ha cambiado
en mi cabeza ha sido la cantidad y el color del pelo. No obstante, la
insistencia de Manuel Ballesteros me ha espoleado a exponer aquí un tema que
siempre me ha “chocado” y preocupado: “Las respuestas de Jesús a su Madre”.
La piedad popular, reflejada en pinturas, esculturas e incluso
villancicos y canciones, nos ha brindado una imagen idílica de la Sagrada Familia.
Estamos acostumbrados a pensar que en ella todo fue paz y felicidad: San José,
un cabeza de familia serio y buenazo, trabajando en su carpintería; María, como
mujer hacendosa que era, llevando la casa adelante, paciente y dulcemente; y
Jesús, modelo del hijo perfecto, ayudando a sus padres, con humildad y
sensatez, en recados y trabajos. Por supuesto, no dudo en que los tres vivieron
esos buenos momentos; sin embargo, la lectura de los Evangelios nos dan pie para
sospechar que no todo fue un camino de rosas en la vida de la Sagrada Familia. El primer
problema familiar se nos presenta a la temprana edad de los doce años, cuando
Jesús se pierde en el Templo de Jerusalén y sus padres, al encontrarle, tienen
que reñirle: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos
buscado angustiados.” Jesús les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi padre?” Mucho debió de
doler a María esta respuesta, y ¡no digamos a José! Jesús no sólo no se
disculpa por su acción sino que les contesta y les reprocha el que le hubiesen
buscado. Y esto en una sociedad muy distinta a la actual en la que era
impensable que un hijo respondiese a sus padres.
Más tarde, en la boda de Caná, volvemos a oír una seca respuesta de
Jesús a su Madre: “No les queda vino” le dice ella. Y Jesús responde
algo así: “Mujer, deja de intervenir en mi vida; mi hora aún no ha llegado.”
¿Cómo debió de sentarle esta contestación a su Madre? Aunque ya sabemos que la
sensibilidad femenina de María se salió en esta ocasión con la suya. “Haced
lo que él os diga.”
Más aún debió doler a María el día que, junto con
sus familiares, fue a ver a Jesús, que se encontraba predicando, y... el
Evangelio de Mateo nos lo cuenta así: “Aún estaba Jesús hablando a la gente,
cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de
hablar con él. Alguien le dijo a Jesús: ¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus
hermanos que quieren hablar contigo.” Y Jesús le respondió: ¿Quién es mi
madre y quiénes son mis hermanos? El que cumple la voluntad de mi Padre que
está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.”
Da la impresión de que a Jesús le preocupase muy poco aparecer como un
buen hijo o un buen hermano. Y eso teniendo en cuenta lo importante que era la
familia para los judíos y lo unidos que solían estar los miembros de una misma
familia. No es extraño que sus parientes pensasen que Jesús estaba loco como dice Marcos en su capítulo 3. Y
Jesús era consciente de la aversión que, entre sus familiares y vecinos, su
actitud provocaba. De ahí viene lo de “Nadie
es profeta en su tierra”.
¿Por qué Jesús, que fue enormemente tierno con sus amigos, con las
mujeres que le acompañaban y hasta con los publicanos y prostitutas, tuvo que
ser tan duro con su familia? ¿Por qué esos “cortes” tan desagradables a su
Madre?
A mí, que soy un “fans” de Jesús, no me cuadraba
esta actitud suya con la idea que sobre Él tenía y así se lo expuse a ese gran
“maestro y amigo” que revolucionó mi vida. Me refiero a D. Julio Millán, al que
siempre estaré agradecido.
Recuerdo que me dijo: “-Así que crees que Jesús sólo fue duro con su
familia. Si te lees bien los Evangelios de Mateo y Lucas verás que Jesús fue duro con la familia en general. Cuando
Jesús llama a sus seguidores lo primero que les exige es la separación de la
familia: “Si alguno viene conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre
y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí
mismo, no puede ser discípulo mío. Y la cosa no para ahí. En otra ocasión
les dice a sus discípulos: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra?
Pues no, sino división. Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco
miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres. El padre contra el
hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la
madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.”
Yo seguía sin comprender el por qué de ese ataque a lo que nosotros
consideramos la base de la sociedad: la familia. D. Julio, entonces, me
recomendó un libro que aún conservo: “Teología para Comunidades” de José María
Castillo. Él y su lectura me hicieron ver que la familia del tiempo de Jesús
era sumamente opresiva. El modelo de aquella familia era el modelo patriarcal.
En ese modelo, el padre tenía todos los derechos y libertades, mientras que la
mujer y los hijos tenían que vivir en el más absoluto sometimiento. El marido
podía separarse de la mujer hasta por la causa más insignificante. El padre era
el único que podía casar a los hijos e hijas con quien él quisiera y sin
consultarles. El sometimiento era total y esclavizante. Y eso es lo que Jesús
no tolera y por eso las relaciones del propio Jesús con su familia tuvieron que
ser enormemente críticas. Él antepone su proyecto a sus lazos familiares. Ya
los anteponía a la temprana edad de doce años. Sus parientes no podían entender
que el proyecto de Jesús es un proyecto por la liberación integral del hombre.
Y en la medida en que la familia se oponía a eso, en esa misma medida Jesús
rechaza a la familia. Es muy posible que sus parientes no llegaran a entender
aquel camino peligroso que Jesús había emprendido. Y su misma Madre, una
sencilla joven de aldea que, como todas las madres adoraría a su hijo, pero que
no entendería, y si lo entendía no le gustaría, que su hijo se metiese en
aquellos berenjenales a los que su intuición de madre le hacían presentir que
no iban a conducir a nada bueno. ¡Cuánto debió sufrir María!
Mientras tanto... “María conservaba cuidadosamente todas estas
cosas en su corazón”. Parece como si el evangelista quisiera decir:
Mientras tanto... “María sufría y callaba”. María, en su dolor, tenía la esperanza
puesta en el Reino de Dios, ese mundo nuevo que predicaba su hijo. Y María,
también sentía el consuelo al saber
que, a pesar de lo que pensasen sus parientes y vecinos, su hijo no estaba
loco. ¡Bendita locura la que él defendía! Y porque estaba completamente
convencida de que su hijo no era un malhechor, a pesar de haber sido condenado
a la muerte más humillante. Su hijo no era como los demás hijos, porque su hijo
era también el Hijo de Dios. Era y es Dios mismo. Por eso, cuando en nuestra
Parroquia veo a María representada en tres de sus más evocadoras advocaciones:
Dolor, o mejor dicho, DOLORES, ESPERANZA
y CONSOLACIÓN, pienso en todo aquello que Julio me dijo. Y al pensar en
esto me duele el sufrimiento de María; pero, más aún, me duele el sufrimiento
de Jesús porque, a pesar de traernos su “buena noticia”, a pesar de haber
pasado por el mundo “haciendo el bien”, como nos dice uno de los
Evangelios, sufrió y sigue sufriendo la incomprensión y las calumnias de los de
su propia sangre y la de los que nos confesamos sus seguidores.
Francisco
Clavijo Viózquez.
Marzo
2008.
Publicado
en el Anuario de la Hermandad de Ntra. Sra. de Consolación. 2008.



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