Viviendo como ingleses

¡Qué mal lo he pasado estos días, Juani! Ni alientos he tenido para escribir. Un error de cálculo en la reserva de los vuelos nos ha hecho aterrizar en plenas Fiestas del pueblo, y me ha afectado más de lo que yo imaginaba.
El viaje ha sido magnífico, mucho más agotador que el anterior, no hubieras aguantado el ritmo que nos impusimos. Dios sabe los kilómetros que habremos andado, o mejor dicho, no sé cuántas millas y yardas porque allí todo va al revés. Londres, en su inmensidad y grandeza, me pareció agobiante, aunque disfruté mucho en sus museos: el Británico es imponente y al visitarlo recordé con nostalgia el Louvre, sólo que allí te tenía a mi lado. Tuvimos que hacer una selección de lo que queríamos ver ya que si nos hubiésemos recorrido todas sus salas, habríamos necesitado días o incluso semanas. El de Historia Natural me pareció una catedral albergando multitud de tesoros naturales. Sé que te hubiera encantado el Victoria y Alberto, dedicado a las artes decorativas, con sus variopintas salas.
 Oxford, la ciudad de las agujas de ensueño, ya me enamoró hace años y ahora tampoco me ha defraudado. No sabría qué destacar en ella pues todo me pareció encantador, pero, sin duda, me quedaría con la Boldeian Library, una enorme y vieja biblioteca, soberbia en su continente y su contenido. Fue una verdadera gozada su visita.
 A ti seguro que te hubiera gustado más Bath, recostada en el valle del río Avon y rodeada de verdes colinas. Habrías admirado su cuidado y precioso parque a orillas del río. Te habrías quedado deslumbrada por el retablo de luz de su Abadía, y te hubiera sorprendido The Circus, una plaza circular con edificios iguales que te hubiesen traído a la mente aquella serie que tanto te gustaba: "Arriba y abajo".
 ¿Y qué decir de esos encantadores pueblos de la campiña inglesa? En Didcot, donde estábamos alojados, no hay mucho que ver, pero me hizo mucha ilusión volver a encontrarme con la pequeña iglesia de Todos los Santos, guardiana de su viejo cementerio. El lugar sigue siendo fascinador, tal y como yo lo recordaba, excepto su centenario tejo que lo encontré más reducido en su tamaño; seguro que la vejez tiene que ver con ello, Reyes dice que leyó se trata del segundo árbol más longevo de Inglaterra. Eché en falta la niebla. Hace años, cuando la vi por primera vez, fue un gris y brumoso atardecer. Aquella atmósfera daba al lugar un aspecto mágico. Lástima que la iglesia estuviese cerrada, quería musitar en ella una oración por ti, aunque no fuese un templo católico.
 Wantage me sedujo con sus viejas casitas medievales, su vieja iglesia con su inevitable viejo cementerio, sus viejos pubs, su cuidado parque, sus tiendecitas de toda clase de objetos de segunda mano, su vieja y abarrotada librería, llena de volúmenes también rancios y usados. Todo tan acogedor, todo tan inglés.
 En este como en todos nuestros viajes, nos atuvimos a ese refrán que dice: "Allá donde fueres haz lo que vieres". Casita inglesa (parecen hechas para hobbits), comida inglesa, pintas inglesas y horarios ingleses. Hasta cumplimos con la tradición del "té de las cinco", estuviésemos donde estuviésemos, en esos adornados, acogedores y silenciosos locales que parecen estar llamándote de puro acicalados. Siempre recordaré aquel té acompañado del Sally Lunn Bun que nos tomamos en la casita más antigua de Bath. O aquel otro con scones en Old Parsonage, ese vetusto y acogedor hotel de Oxford. Y, cómo no, del contundente desayuno inglés que nos comimos en  Golden Cross,   la añeja  cafetería del pequeño patio de la Commarket Street, también en Oxford:   huevos revueltos, bacon, salchichas, patatas, tomate y champiñones, con té, por supuesto. En Inglaterra todo lo más bonito es viejo, pequeño, recargado y acogedor.

 Ya lo habrás podido imaginar, el viaje a pesar de lo ajetreado y movidito ha sido un bálsamo para mi espíritu. Lo peor ha venido después, al regreso. La música de la verbena colándose por la ventana del dormitorio, el despertar al son del pasacalles de la banda de música, los cohetes anunciando el encierro, las parejas cogidas de la mano... todo me hablaba de ti. No he tenido valor para salir, sólo una noche estuve con Bárbara y Antonio tomando unas cervezas, y les pedí que fuese en uno de los bares apartados del centro. Temía encontrarme con las mesas bajo los árboles de la Glorieta, donde cada noche quedábamos con Ana Marí y Rufino y nos reuníamos los amigos...
El dolor, la nostalgia y la búsqueda del sosiego me llevan al cementerio. Todas las tardes visito la tumba de Ana Mari, después me siento ante la tuya y dejo transcurrir  el tiempo hasta que  los últimos rayos de sol  arrancan  destellos dorados en el relieve tallado en ella.   Esa luz hasta parece hacer sonreír a María...

¡Cuánto te extraño, Juani! ¡Te quiero tanto!ç¡Te echo tanto de menos que siento cómo me duele el alma!                                                                                                                                 
22/08/2014

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