"De bien nacidos es ser
agradecidos" Y yo me siento especialmente agradecido a mis padres y a mis
maestros.
La
historia de este artículo comienza medio siglo atrás, cuando mi madre me llevó
de la mano a una casa extraña no muy alejada de la mía y tras subir
innumerables escaleras, entramos en unas cámaras que en lugar de trigo, cebada,
avena y garbanzos, estaban llenas de niños sentados en pequeñas sillas. La
verdadera sorpresa vino después, cuando mi madre tras hablar con alguien que yo
inmediatamente asocié con mis abuelas, pues tenían en común la edad, el vestido
negro y el moño que recogía su blanco pelo, se marchó tras darme un beso y
dejarme allí sentado en una de aquellas sillitas.
Por supuesto que mi barraquera no se
hizo esperar y debió durar por lo que después me han contado, el día entero y
parte de los siguientes. Mis lloros debieron ser directamente proporcionales al
caso que me hicieron. Fue mi primera lección: "O te adaptas o sales
perdiendo", porque de nada valía el que desgañitase si nadie me
sacaba de allí. Era la escuela de Dª Gloria, mi primera maestra. Una escuela
itinerante aunque siempre estuviera en el mismo edificio, a principio de la
calle San Benito, pues en otoño e invierno tenía su sede en las cámaras y parte
de la primavera y verano, bajo la parra del patio. Aún conservo como oro en
paño una foto de Dª Gloria rodeada por todos sus discípulos, una cincuentena de
todas las edades y todos los sexos. Ella me enseñó mis primeras letras, mis
primeros números y mis primeros hábitos y de ahí aprendí mi segunda lección: "No
te levantes de la sillita a menos que te llamen". Hoy diríamos que
eso es una aberración pedagógica, pero con los actuales métodos y los actuales
alumnos a ver quién maneja hoy una clase tan numerosa y heterogénea como
aquella. Lo curioso es que recordando aquello nunca se me ha pasado por la
cabeza la palabra "trauma" sino "disciplina" y esta última
la adquirí en aquella escuela.
Pero yo era un "aprendiz de
hombre" y según mi padre y los modelos de la época yo necesitaba un
maestro y, a mis nueve años, fui a parar a la escuela que D. Luis Berzosa tenía
en el local que hoy es la sede de la Unión Local de Cofradías y al que se
entraba por el patio del claustro de la Colegial. En aquel lugar oscuro y frío
continuó mi aprendizaje. La serenidad y el buen hacer de D. Luis compensó la
incomodidad del aula. De él también aprendí que no sólo se adquieren
conocimientos dentro de la escuela. Todavía recuerdo una lección sobre las
abejas mientras estas zumbaban a nuestro alrededor.
Aquella escuela era sólo de niños pero
de muchas edades diferentes. Como yo era de los más pequeños tuve que
espabilarme. Allí tuve mis primeras peleas digamos serias y allí aprendí que si
recurrías al maestro o a tus padres para que solucionasen tus problemas, eras
un "llorica". Consecuencia que me llevó a aprender mi tercera
lección: "Defiéndete a ti mismo". Hoy a eso le llamarían
"acoso", se pondría en marcha el protocolo correspondiente, los
padres exigirían responsabilidades, vendría el inspector, se escribirían muchos
papeles... Entonces eran simples peleas de chiquillos que hoy jugábamos juntos,
mañana nos peleábamos y pasado volvíamos a jugar juntos. El acoso es algo más
serio y enrevesado que, por supuesto, hay que erradicar en cuanto se detecta.
Pero D. Luis se marchó del pueblo, creo
que aprobó las oposiciones o su mujer, que también era maestra, fue trasladada.
el caso es que mis padres no debían tener buen concepto de la escuela pública o
"nacionales" como entonces se le llamaba y me vi apuntado en la
academia de Dª María Algarra, la "Señorita". Mis primeros meses
fueron un suplicio. ¿A qué niño de once años le gustaría entrar en el colegio a
las nueve, salir a las dos para volver a entrar a las tres y seguir allí encerrado
hasta las ocho? Y así día tras día, incluidos los sábados. Y para colmo, en los
primeros años, sin recreos. Mi constante cantinela era "Yo no quiero estudiar, yo quiero ser del campo". Pero
aquellos no eran los tiempos de hoy. Volví a recordar mi primera lección y
aprendí una cuarta: "Los padres mandan y los hijos obedecen", otra
aberración pedagógica a la que debo estar agradecido ya que en el "Sagrado
Corazón", el colegio de "Mi Señorita", se decidió mi futuro y se
forjó mi forma de ser.
La constancia y exigencia de Dª María
con aquellas recitaciones orales de la correspondiente lección, aquellos
trabajos que debían entregarse impolutos, aquellas interminables horas de
estudio en las que no podías levantar la vista del libro... El esfuerzo
memorístico que te exigía Dª Clotilde, que si el "Mester de Clerecía"
y el "Mester de Juglaría", que si el Siglo de Oro, la
"Generación del 98" y la del "27"... y presentar redacción
tras redacción sobre cualquier tema imaginable. ¿Y sus clases de
Geografía" Aún sueño con las comarcas catalanas y la cantidad de mapas que
debíamos presentar, hechos con plumilla a tinta china y coloreados con pastel
"Goya". Las portadas se las encargábamos a Alfonso Carrión que se le
daban bien las letras góticas. Y así asimile mi quinta lección: "Lo
que hagas, hazlo bien". Pero hoy cierro los ojos y veo el globo
terráqueo en mi mente y soy capaz de situar cualquier país del mundo con sus
accidentes geográficos, su capital y principales ciudades en su lugar
geográfico correspondiente. Únicamente se me resisten los del sufijo
"-istan", consecuencia de la desmembración de la Unión Soviética.
Como disculpa diré que eso fue posterior a mis estudios, será cuestión de
echarles un rato.
Mi
gusto por la lectura se lo debo a Dª Adela, nunca he oído entonar la lectura
como ella lo hacía. Dª Adolfina además de enseñarme Matemáticas me inculcó la
seriedad en el trabajo y el "no rendirme" ante las dificultades. Mis
preferencias van más por las letras que por las ciencias, pero con ella descubrí
esa sensación que se experimenta cuando encuentras la solución a un problema.
Sirva este pequeño recordatorio como
sencillo homenaje a todas aquellas personas que han contribuido a moldearme.
Alguien dijo, creo que Ortega y Gaset, que somos consecuencia de nuestras
circunstancias. Por supuesto que yo podría haber sido mejor o podría haber sido
peor. El caso es que soy como soy y me siento a gusto con lo que soy y como
soy. Y lo que soy y como soy se lo debo
a mis padres que me obligaron y a mis maestros que me exigieron. ¡Va por ellos!
Julio
2009
Recuerdo
que este artículo lo escribí bajo una sombrilla en Calahonda, una encantadora
playita de Nerja. El entonces Alcalde de Castellar, Pedro Magaña, me llamó para
pedirme un artículo para el anuario que el Ayuntamiento edita con motivo de las
Fiestas del pueblo. No llegué a ver la revista, pues se había agotado cuando
regresé a Castellar. Ahora al leerlo pienso que la persona que más ha influido
en mí ha sido mi mujer, porque en la vida no paramos de formarnos ni moldearnos.

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