Impresiones de una peregrinación a Silos

Ya irán a transcurrir los veinte años desde que escribí estas impresiones sobre la visita que hicimos mi mujer y yo al Monasterio de Santo Domingo de Silos, organizado por la Hermandad de San Benito. Lo hice a petición de su Hermano Mayor, Benito Escamilla, para publicarlo en el anuario de la Hermandad. Por aquel entonces yo firmaba mis escritos como Hernando de Cárdenas, una manía que tomé desde que participé en un concurso de leyendas con “La Fuente de los Amores” y, claro, para participar había que firmar con un seudónimo.


A pesar de que dicen que no hay mayor dolor que recordar los tiempos felices desde la tristeza, cada vez que paseo por el paraje de San Benito no puedo evitar el recordar con cariño y nostalgia aquel viaje realizado en un tiempo en el que me consideraba el más feliz de los mortales. Así como tampoco puedo evitar el preguntarme el por qué la Hermandad no sigue organizando de vez en cuando ese viaje que “alimenta el espíritu”.

Y aunque sé que ya nada volvería a ser lo mismo para mí y que el dolor sustituiría a aquella “elevación del espíritu”. Y aunque también sé que ya nada podría hacerme revivir las emociones de entonces, sería maravilloso volver a sentir lo que sentí en aquella catedral de encaje hecho piedra, o ante aquella estrella de alabastro en la que duermen los reyes, o en la fría iglesia donde la oración se hizo música, o en la soleada galería del románico claustro, frente al viejo ciprés. Allí donde pensé que yo sin mi mujer no sabría vivir ni tan siquiera una semana. ¡Y cuánta razón llevaba!
Francisco Clavijo Viózquez

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