Agoniza el siglo XVI. Los decretos del,
no hace tanto tiempo clausurado, Concilio de Trento llegan a las tierras del
Santo Reino. El miedo a las imágenes, fruto de las ideas propagadas por la
Reforma Protestante, se pierde y la Iglesia Católica anima a su difusión,
impulsando, al mismo tiempo, la creación de nuevas Cofradías.
Por
aquellos años, 1581, un cortijo con su hacienda, llamado de “Santa Ana”,
situado en un tranquilo lugar cercano a Castellar, es entregado por su dueña,
Elvira Muñoz, a los Carmelitas Descalzos, exigiendo residiesen en él cuatro
religiosos para administrar la finca y “acudir al ministerio espiritual de
aquellos pueblos”. San Juan de la Cruz, rector del convento de Baeza, por
entonces, acepta con su firma la entrega y deja allí, entre otros, a los padres
Juan de Santa Ana y Juan de Santa Eufemia, quienes han descrito la frecuente y
emotiva presencia del santo en aquel tranquilo lugar. Atraídos por la sabiduría
y fama de santidad del reformador de los Carmelitas, a buen seguro que nuestros
ante-pasados castellariegos menudearían sus visitas a “Santa Ana”, sin contar
las veces que los padres Carmelitas harían acto de presencia en nuestro pueblo.
Ellos o... ¿por qué no el mismo San Juan?, les contarían, entre otras cosas,
que hacía ya años, siendo San Juan de la Cruz prior del convento de Segovia,
tuvo una visión en la que Jesús, llamado el Nazareno, iba camino del Gólgota
con su pesada carga.. Así comenzó en Castellar la devoción a Nuestro Padre
Jesús Nazareno y, como consecuencia de ello, no tardó en surgir su Cofradía.
Lástima
que no tengamos prueba testifical alguna que corrobore lo expuesto y estas
últimas palabras se queden... en eso, en palabras. Lo que sí es cierto es que
la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Castellar nació por aquellas
fechas, postrimerías del siglo XVI o albores del XVII, pues en la primera mitad
de este último siglo ya tenemos prueba documental de su existencia. Y no es
descabellado suponer el que los padres Carmelitas Descalzos de Santa Ana fuesen
los promotores de la fundación de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno
de Castellar. No sería la primera vez que esto sucediera pues los Carmelitas
difundieron, por todos los lugares por donde iban, la singular devoción a Jesús
con la Cruz a cuestas. Así sucedió en Jaén, Baeza, Alcaudete y muchos otros
lugares.
El
fin primordial de esta Cofradía fundada en Castellar era dar Culto a Jesús el
Nazareno y para ello celebraba tres fiestas en su honor: Día del Dulce Nombre
de Jesús, Día de la Cruz de Mayo y Cruz de Septiembre. Un Sermón, el de Pasión
o “Nazarenos” y la Procesión de su Titular, la Madrugada del Viernes Santo.
Pero no quedaba ahí su cometido, nuestra Cofradía, como tantas otras cofradías
hermanas, adoptó de las viejas cofradías “gremiales” sus motivaciones
asistenciales, al mismo tiempo que la doctrina de Trento impulsaba la
espiritualidad de sus cofrades:
- Asignación de una cantidad diaria a los hermanos enfermos para que no pereciesen de necesidad.
- Cuidar al enfermo, designándose turnos de uno o dos hermanos para ello, especialmente de noche.
- Administrar a sus enfermos los Santos Sacramentos de Eucaristía y Extremaunción, con alumbramiento de cera para acompañar su Viátic
- Derecho a Entierro y Oficio de segunda clase, con la cera necesaria para alumbrar el cadáver y presencia del Estandarte.
- Obligatoriedad de Confesar y Comulgar el día del Dulce Nombre de Jesús, primero y el Jueves Santo posteriormente.
Estas
prestaciones que, hoy cubren la Seguridad Social y otras entidades
aseguradoras, estaban contenidas en sus Estatutos y manifiestan la preocupación
y el sentir de la época: caridad, asistencia, apoyo fraterno y, sobre todo,
preocupación por la muerte, la vida eterna, el “más allá”.
Duró
este esplendor hasta mediados del siglo XVIII, cuando las luces de la
Ilustración hacen palidecer las de las hermandades. Esta situación de
postración se prolonga hasta mediados del XIX en el que la llegada del
Romanticismo potencia de nuevo a las cofradías. Y es a mediados de ese siglo,
1849, cuando nuestra Cofradía se reorganiza para “ponerla de la misma forma que antes había existido”, como reza el
acta del 17 de Marzo de ese mismo año.
Épocas
de entusiasmo y esplendor se alternan con otras de decaimiento, pero el viejo
espíritu cofrade se mantiene hasta bien entrado el presente siglo. No obstante
se aprecia una paulatina pérdida de las prestaciones “materiales”, aunque se
mantienen las espirituales. En la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de
Castellar, los Estatutos de 1874 ya no recogen la asignación diaria a los
hermanos impedidos y en los de 1909 se había perdido el establecer turnos para
cuidar a los enfermos.
Momentos
de entusiasmo como el que aparece en el acta del 20 de Abril de 1919:
“...así como hacerle a
Nuestro Padre Jesús una Fiesta solemne extraordinaria, con Procesión, en el día
14 de Septiembre próximo, tanto en acción de gracias por no haber fallecido
ningún Hermano ni Hermana en las dos epidemias, que tantas muertes han
ocasionado en el pueblo, de la gripe y de la viruela, durante el ejercicio o
año que cerramos con esta fecha, como para que luzca y estrene, la Imagen, la
Cruz tallada y dorada con oro de primera clase, recientemente encargada por el
anterior motivo...”
De
esplendor en los años veinte. Tiempos de D. Gabriel Galdón como Hermano Mayor,
reelegido doce veces, muchas de ellas por aclamación.
De
decaimiento, allá por los años treinta, que hace quejarse al, por entonces,
Secretario D. Emilio Mercado:
“...ya sea por falta de fe,
por las frecuentes crisis de trabajo en las clases agrícolas o por las
corrientes de la época, de incredulidad o tibieza en la fe, ha disminuido mucho
el número de Hermanos, quedando reducida la Cofradía en la actualidad,
incluyendo a las Hermanas, a unos doscientos cofrades, cuando en otras épocas
de más fervor pasaban de cuatrocientos y se pagaban los recibos de la anualidad
con más puntualidad. En este año no se hicieron procesiones por las
circunstancias especiales porque atraviesa España, aunque sí se predicaron los
sermones acostumbrados.”
Era
el 12 de Abril de 1936.
Nuestra
triste Guerra Civil supuso un obligado paréntesis de inactividad para las cofradías,
costándoles, a muchas de ellas, la pérdida de su patrimonio artístico
religioso; no siendo éste, afortunadamente, el caso de la nuestra. Y aunque recién acabado el conflicto se renuevan enseres e imágenes, a las cofradías
parece terminárseles su impulso vital en la frontera de los setenta. Los
cambios sociales van despojando a los Estatutos de su espíritu original y éstos
quedan como viejos y románticos documentos que nos recordaban épocas más
gloriosas de las cofradías. En 1966 se anula el viejo derecho que tenían los
Hermanos de Jesús de la Cofradía Nazarena de Castellar: Entierro de segunda
clase y en 1975 se invalida la obligación de llevar túnica en las procesiones,
cuando, anteriormente, el no llevarla era motivo de expulsión.
Cuando
la Semana Santa languidece, casi agoniza, surge en los años ochenta un relevo
generacional. La juventud del momento se incorpora masivamente. El llevar a
hombros una imagen es un privilegio y ya no sólo exclusivo de hombres. Se
renuevan y rejuvenecen las Juntas de Gobierno y los Estatutos son reformados y
adaptados a los tiempos actuales. Se restauran y adquieren nuevas imágenes y
flamantes enseres enriquecen el patrimonio de las cofradías. Nuestra Cofradía
renueva sus Estatutos en 1986. Tres años más tarde la Imagen del Nazareno
abandona las ruedas, estrena trono y vuelve a salir a hombros de recios
castellariegos. En 1993 se restaura nuestra Imagen Titular y su Cruz. 1994
contempla la llegada de María Santísima de la Esperanza que, junto a San Juan y la Verónica, ésta última también
restaurada recientemente, completan la imaginería de esta Cofradía. Y dos
publicaciones anuales mantienen infor-mados a sus más de 600 cofrades de los
aconteceres de la Hermandad.
Nuestras
cofradías viven hoy un momento de esplendor: sus pasos brillan más que nunca
movidos al ritmo pausado de anderos y costaleros y jamás han desfilado tantos
nazarenos en nuestras procesiones. Nuestras cofradías lucen, hoy, espléndidas
fachadas. Pero... ¿nos hemos preocupado de acondicionar el interior con tanto
esmero? Si nos quedamos sólo en lo externo; si la actividad de nuestras
cofradías se reduce a procesionar, aunque se haga con mucho orden y disciplina,
nuestras Imágenes Titulares; estaremos traicionando el espíritu que animó su
nacimiento, perdiendo su identidad e hipotecando su futuro. Nuestras cofradías
deben mantener y recuperar, si es preciso, el espíritu de fraternidad que
siempre las ha caracterizado. No se trata de recuperar aquellas prestaciones
“materiales” que el tiempo les ha arrebatado, sino de que sus cofrades sientan
que su Cofradía se preocupa de ellos, que sus enfermos y mayores experimenten
el apoyo y la inquietud que su estado despierta en los demás miembros de su
Hermandad. En definitiva: una Cofradía en la que sus cofrades se sientan
hermanos unidos por Jesús el Nazareno.
Esto
es lo que pretende conseguir la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de
Castellar que, este año, precisamente, celebra el trescientos cincuenta aniversario
de su documento más antiguo. Un año para recordar, analizar, reflexionar y programar
el futuro
Francisco Clavijo Viózquez.
Febrero. 1998.
Artículo publicado en la revista
"ALTO GUADALQUIVIR" en su especial "Semana Santa Giennense
1998".




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