Mi
pueblo, como España, es diferente. Mientras cualquier país de Europa cuida al
máximo, con verdadero mimo no sólo sus espacios naturales sino la imagen de sus
pueblos; nosotros, a pesar del servicio de recogida de basuras, seguimos
arrojando desperdicios, lavadoras, colchones y cocinas viejas en los
alrededores, resultando así incluso molestos y desagradables una de las pocas
actividades qjue nos podemos permitir, los paseos.
Mi
pueblo, como España, es diferente. Mientras los países de Europa aplican con
todo rigor sus legislaciones para brindar una mayor protección a sus aves.
Viéndose en cualquier parque, jardín o ventana "casas-comederos" para
alimentar y poder contemplar las aves durante el invierno y llegándose al extremo
de que los petirrojos comen de la mano de los amantes de estos seres alados.
Nosotros seguimos permitiendo la masacre de pájaros para utilizarlos como
"tapas". O continúan los "reyes" dejando en los zapatos de
quienes ni siquiera respetan la temporada de cría, carabinas de aire
comprimido. Y no hablemos de los que, a falta de escopeta, con sus
"tirachinas" derriban nidos de aves tan útiles como los insectívoros
aviones. Y es que en mi pueblo sigue vigente el viejo dicho de "ave que
vuela a la cazuela".
Mi
pueblo, como España, es diferente. Resulta curioso que mientras se aplican
leyes, con toda la razón y a rajatabla en la defensa de unas especies cuya
única misión al parecer es situarse, más pronto o más tarde, en la línea del
punto de mira de un rifle. Esta rigidez es considerablemente menor, cuando no
inexistente, a la hora de defender otras especies que, desgraciadamente para
ellas, no sirven más que para conservar el equilibrio ecológico o alegrar
nuestros paisajes. Y me estoy refiriendo al uso de venenos y cepos para acabar
con las "alimañas". Cebos que crean una cadena de muerte sin límites
previsibles, alcanzando sin remedio a varias especies en peligro de extinción.
Mi
pueblo, como España, es diferente. Mientras que en cualquier país un hecho de
inteligencia, valor o lealtad de un animal es justo motivo de orgullo para su
dueño, aquí un sujeto abandona a un perro a más de cincuenta kilómetros de su
hogar. Y cuando el pobre animal, herido, fatigado y hambriento, llevado por su
instinto consigue en un titánico esfuerzo regresar a lo que él considera su
hogar, no merece por parte de su dueño otro sentimiento y otro comentario que
"la próxima vez lo llevaré más lejos".
Y
porque muchos, en muchos aspectos nos sentimos orgullosos de que nuestro pueblo
y España sean diferentes, pensamos que ha llegado la hora de que no sólo en el
plano económico, sino en ciertos aspectos reveladores de características
culturales, intelectuales o de simple sensibilidad, debemos empezar por dejar
de serlo.
Hernando
de Cárdenas.
Publicado
en la revista "El Candil" en abril de 1993.

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