Pregón de la Romería 1992

Pensar en los que me han precedido en este acto me enorgullece y, al mismo tiempo, me aterra.
¡Pobre de mí!
Yo no soy un poeta. ¡Qué más quisiera! ¡Saber expresar con palabras lo que mi alma siente!
No esperéis de mí un canto apasionado a nuestra Patrona ni a los campos de nuestra tierra.
Tampoco soy “pregonero”. No esperéis que ensalce a nuestro pueblo. Todos lo conocemos.
Ni tengo el brillante historial ni la dilatada experiencia de nuestros paisanos ausentes, a quienes todos recordamos y admiramos.
A mí sólo me queda el recurso de cambiar la pluma por el corazón, aunque, a buen seguro, todos mis predecesores han dejado el suyo en este sitial. Yo voy a dejar que mis palabras sean reflejo, pálido reflejo eso sí, de lo que siento en mi interior.
Me consuela el imaginar que, este año, la Junta Directiva de la Cofradía de nuestra Patrona ha querido que este Pregón lo haga uno de nosotros, uno de los que aquí convivimos día tras día sin que la ausencia nos traiga lógicas nostalgias. Y al pensar en esto me considero aún más indigno de estar aquí, porque estoy seguro de que cualquiera de vosotros, paisanos aquí presentes, siente por nuestra Patrona un fervor mucho más profundo que el que yo siento.
No merezco el honor de dirigirme a vosotros, pero... ¿cómo iba a negarme a hablar de mi Madre, de la Madre de mi Nazareno?
No tengo más remedio que comenzar pidiéndole perdón... ¡por tantas cosas!
Perdóname, Madre, si cuando me dirijo a Ti, nunca brota de mis labios ninguna de tus hermosas invocaciones dogmáticas.
A mí me gusta más llamarte María. Llamándote María me siento más cerca. Llamándote María veo en Ti la mujer que el Padre eligió.
Te veo, María, dando un beso de esposa a José.
Te veo, un día, regañándole por no sacudirse las virutas antes de entrar a comer.
Te veo, María, meciendo amorosamente a tu Hijo, cantándole una canción de cuna y besando suavemente su frente, cuando al fin le conseguiste dormir.
Y te veo -¿por qué no?- dando un “pescozón” al Niño aquel día que se entretuvo más de la cuenta con aquella pandilla que tanto alborotaba las tranquilas calles de Nazaret.
Te veo, María, escuchar estremecida de ternura y el orgullo de madre reflejado en el rostro, las profundas palabras del Maestro.
Y te veo, traspasada de dolor, salir al encuentro de tu Hijo cargado con la cruz. Os veo miraros tiernamente, queriendo mutuamente consolaros.
Llamándote María te siento con olor, sabor y color:
Olor a pan recién cocido, a jabón de romero y madera fresca del pequeño taller.
Sabor... a pasas de Corinto, que... no se quién me ha dicho gustaban tanto a tu Hijo. Color de mujer atareada, sudorosa, ruborosa.
Perdóname, María, pero yo no te siento envuelta en frío y blanco resplandor.
Llamándote María te siento más cerca. ¿Cómo no te iba a sentir? Si hasta mis dos hijas se llaman como tú: ¡María!
Perdóname, Madre, si aun creyendo, abrazando y admirando tu larga sarta de advocaciones, a cual más hermosa, como perlas cultivadas en el corazón de tus hijos; nunca he entendido y aún sigo sin comprender por qué en Lourdes o Fátima has de ser más milagrosa que en Cortes y en Cortes más que en la Espinosa.
¡Cómo si Tú tuvieses alguna predilección por éste o aquel lugar!
Pienso que la clave está en aquellas palabras que tu Hijo dirigió a aquellos dos ciegos:
“Hágase en vosotros según vuestra fe”.
¿Y qué culpa tienes Tú si nuestra vacilante fe se acrecienta más en un paraje que en otro?
Perdóname, Madre, si cuando alcanzo a ver tu Imagen, a veces tras larga ausencia, lo primero que buscan mis ojos es al Hijo que llevas en brazos.
No te enfades, Madre, pero nunca puedo concentrarme en Ti sin estar Él presente. Tu Hijo se me ha metido en las entrañas.
Pero... ¿qué digo? ¿Cómo habrías de enojarte? Si yo adoro lo que adoras y lo que Tú quieres quiero. Y, aunque a mi manera, ¡Tú sabes cómo le quiero!
Perdóname, Madre, si en estos días que se avecinan, allí, en tu Santuario, en la Espinosa, me “disloco” un poco. Pero Tú sabes que entre la cerveza y el jamón, entre los cantos y las sevillanas, una madre pide por el hijo ausente, otra mujer te ruega porque la enfermedad que aqueja a un ser querido no sea grave, otra llora y otra da simplemente las gracias. Y los hombres..., a los hombres ya sabes que nos da vergüenza manifestar lo que sentimos. Sólo tienes que mirarnos al corazón y al nudo en la garganta.
La Espinosa, en esos días, podrá parecer un jolgorio, pero Tú sabes que allí muchos empezaron a descubrir el fervor mariano. Tú sabes que allí, por encima del ruido y las hogueras, de las tiendas multicolores, del aroma de las paellas y el “castillo moro”, estás Tú: la Reina de la Espinosa, la Reina de Castellar. Tú sabes que, en esos días, dos pueblos te veneran: allí, un pueblo que te aclama; aquí, un pueblo que suspira; allí, un pueblo que te aplaude y vitorea; aquí, un pueblo que te espera.
Y Tú sabes que cuando esos dos pueblos, anochecido ya el tres de mayo, te reciban en la calle La Fuente, entre “vivas” y lluvia de pétalos de flores, entre “salves” y lágrimas; todos, todos seremos uno, todo un pueblo te sigue, todo un pueblo te abraza, con el alma en la garganta.

Perdóname, Madre, si hace tiempo no rezo el Rosario. Admiro a quien tiene por costumbre rezarlo porque al fijarme en sus rostros he sabido, en el fondo, que están más cerca de Ti. Pero yo no puedo. No me adapto a la oración rutinaria y mecánica.
¡Cuántas veces, al rezarte, he perdido la noción del tiempo! ¡Cuántas veces, al recobrarla allá por la vigésima o trigésima “Ave María”, me he dado cuenta de que quienes rezaban eran mis labios! Y cuántas veces me he preguntado: ¿De qué valen las palabras si no salen del corazón? ¿De qué valen las palabras si se quedan en lo que son? ¡Palabras!... ¡Palabras!
Mi maestro y amigo Julio, conocedor de mi preocupación en este sentido, me dio un día este papel. También entonces lamenté no ser poeta. Aquí, en esta hoja, está escrito lo que yo sentía:

REZAR


...rezar es departir con el Maestro,
es echarse a sus plantas en la hierba
o entrar en la casita de Betania
para escuchar las charlas de su cena.
Rezar es informarle de un fracaso,
decirle que nos duele la cabeza.
Rezar es invitarle a nuestra barca
mientras la red largamos a la pesca, y mullirle una almohada
sobre un banquillo en popa a nuestra vera.
Y, si acaso se duerme,
no aflojar el timón mientras Él duerma.
Y es rezar despertarle, si, de pronto,
la mar se pone fea.
Y es rezar -¡qué rezar!- decir “te quiero”,
y lo es -¡no o iba a ser!- decir “me pesa”,
y el “quiero ver” del ciego
y el “límpiame” angustioso de la lepra,
la lágrima sin verbo de la viuda,
y el “no hay vino” en Caná de Galilea.
Y es oración, con la cabeza gacha,
después de un desamor gemir “¡qué pena!”.
Cualquier sincero suspirar del alma,
cualquier contarle a Dios nuestras tristezas,
cualquier poner en Él nuestra confianza...
-y esta vida está llena de “cualquieras”-,
todo tierno decir a nuestro Padre,
todo es rezar- ¡y hay gente que no reza!

Y yo añado:
Y es rezar el decir: “¡Señor, aquí está Juan!”
Y es rezar lanzar “vivas”.
Y es rezar gritar “guapa”.
Y es rezar ondear su bandera.
Y es rezar engalanar las carrozas.
¡Cualquier sincero suspirar del alma!
¿Y quién de nosotros sabe lo que el alma de otro siente?

Yo lo que quiero, Madre, es que al rezar la Salve que aprendí de pequeño, cada día me suene a nueva. Yo lo que quiero, Madre, es que al desgranar sus frases, una a una mi interior remueva. Yo lo que quiero, Madre, es que hoy la sienta así y mañana, quizás de otra manera.
  
Dios te salve,
Reina y Madre de Misericordia...
Madre de Misericordia... ¿Recuerdas las veces que tu Hijo repitió esta frase del viejo Oseas?
                                                  
“Misericordia quiero y no sacrificios”.
Con esta frase Él echaba en cara a los fariseos su fidelidad a las prácticas religiosas, mientras descuidaban la fidelidad fundamental, la fidelidad a los hombres.
¿No seré yo ahora un nuevo fariseo?

Vida y dulzura, esperanza nuestra.
Dios te salve...
Dulce María, esperanza nuestra, consoladora nuestra. Las mas hermosas de tus advocaciones: esperanza en lo que ha de venir, consoladora en lo que nos llega. María de la Esperanza, María de la Consolación. Confianza, descanso, alivio del dolor... ¿Hay otras palabras que definan mejor a una madre?

A Ti llamamos los desterrados, hijos de Eva...
A Ti nos dirigimos los desterrados del Reino que anuncia tu Hijo. Desterrados del Reino y esclavos de esta sociedad que nos ata creándonos, día tras día, nuevas necesidades.
A Ti llamamos, María, Madre de Consolación. A Ti llamamos en un gesto impotente, porque si “esto” queremos dejar, también “esto” tememos perder.
A Ti llamamos, sin convicción profunda de cambiar, pero... a Ti llamamos.

A Ti suspiramos,
gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
A Ti te deseamos en nuestras penas y en nuestras alegrías.
A Ti suspiramos en este valle, de lágrimas pero también de risas. En este mundo maravilloso que nos dio el Padre. En este mundo que para disfrutarlo no hay más que arrojar a un lado nuestros pequeños problemas, nuestros placeres y ambiciones. Y mañana, allí, en la Espinosa, caer en la cuenta de lo que hay a nuestro alrededor: de los colores, la gente, el perfil de las montañas, el canto del pájaro, la flor al lado del camino... Saborear la vida. Saborear el placer de existir. Tomar las cosas como vienen. Aceptar lo que viene y despedir a lo que se va. ¡Como las aves del cielo! ¡Como los lirios del campo! ¿Recuerdas?
¡Qué hermoso es el mundo, Madre! ¡Y cómo lo maltratamos!
¡Qué bella es la vida! ¡Y cómo la desperdiciamos! ¡Y cómo nos la complicamos
Ea, pues, Señora, abogada nuestra...
No te veo como abogada, Madre. Creo que el amor y el perdón del Padre son tan grandes que no necesitamos defensa alguna.
Yo, más bien, veo tu abogacía como la de tantas madres aquí presentes cuando tratan, con su tacto e intuición femenina, de disculpar las travesuras de sus hijos.

Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos...
Míranos con esos ojos profundos, como los de mi madre; con esos ojos grandes, como los de la mujer que amo; con esos ojos oscuros, como los de las mujeres de mi tierra.
Y esos ojos oscuros, grandes y profundos, que veo a diario, me recuerdan los tuyos: ojos misericordiosos. Y vuelve a mi memoria esa frase que atormenta mi conciencia: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

Y después de este destierro,
Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre...
Muéstranos quién es Jesús. Muéstranos que Jesús no es sólo el Niño acostado en el pesebre, rodeado de pastores, la mula y el buey.
Muéstranos que Jesús no es sólo el Hombre sufriente bajo el peso de la Cruz, o el Hombre agonizante clavado en ella.
Muéstranos a ese Jesús sentado en la ladera de la montaña y que anuncia su programa en el más bello sermón jamás pronunciado.
Muéstranos a ese Jesús andariego, amigo de los “doce”. El de las parábolas. El del “Padrenuestro”.
Muéstranos a ese Jesús que está aquí y ahora, no sólo en el Sagrario, sino en el corazón de cada uno de nosotros.
Muéstranoslo para que el “fruto bendito de tu vientre” deje de ser ese desconocido que cada uno de nosotros hemos fabricado a nuestro gusto.
No me salen los piropos, Madre. Siento que eres clemente, piadosa, dulce... pero no me salen los ¡Oh! ¡Ya ves! Hasta en el rezar influye el carácter.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo...
Ruega por nosotros, por los que somos incapaces de escuchar al otro, por los que somos jueces de los demás, por los que somos poco niños, por los que sufren, por los que se sienten solos, por los que aquí estamos, por los que vienen de camino, por los que ya se han ido...
Ruega por todos nosotros y haznos dignos de alcanzar el Reino. El Reino de los Cielos, el Reino del Espíritu y del Amor, el Reino del Evangelio.
Haznos dignos y... hazme digno, que yo sólo aspiro a lo que aspira mi amigo Baldomero: que cuando me llegue el gran día de ir al encuentro del Padre, lo haga agarrado de una mano a Ti, María, mi Virgen de Consolación, y de la otra a tu Hijo, a Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Amén.
Francisco Clavijo Viózquez

Castellar, Abril de 1.992

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