Pensar en los que me han precedido en este
acto me enorgullece y, al mismo tiempo, me aterra.
¡Pobre de mí!
Yo no soy un
poeta. ¡Qué más quisiera! ¡Saber expresar con palabras lo que mi alma siente!
No esperéis de mí
un canto apasionado a nuestra Patrona ni a los campos de nuestra tierra.
Tampoco soy
“pregonero”. No esperéis que ensalce a nuestro pueblo. Todos lo conocemos.
Ni tengo el
brillante historial ni la dilatada experiencia de nuestros paisanos ausentes, a
quienes todos recordamos y admiramos.
A mí sólo me queda
el recurso de cambiar la pluma por el corazón, aunque, a buen seguro, todos mis
predecesores han dejado el suyo en este sitial. Yo voy a dejar que mis palabras
sean reflejo, pálido reflejo eso sí, de lo que siento en mi interior.
Me consuela el
imaginar que, este año, la
Junta Directiva de la Cofradía de nuestra Patrona ha querido que este
Pregón lo haga uno de nosotros, uno de los que aquí convivimos día tras día sin
que la ausencia nos traiga lógicas nostalgias. Y al pensar en esto me considero
aún más indigno de estar aquí, porque estoy seguro de que cualquiera de
vosotros, paisanos aquí presentes, siente por nuestra Patrona un fervor mucho
más profundo que el que yo siento.
No merezco el
honor de dirigirme a vosotros, pero... ¿cómo iba a negarme a hablar de mi
Madre, de la Madre
de mi Nazareno?
No tengo más
remedio que comenzar pidiéndole perdón... ¡por tantas cosas!
Perdóname, Madre,
si cuando me dirijo a Ti, nunca brota de mis labios ninguna de tus hermosas
invocaciones dogmáticas.
A mí me gusta más
llamarte María. Llamándote María me siento más cerca. Llamándote María veo en
Ti la mujer que el Padre eligió.
Te veo, María,
dando un beso de esposa a José.
Te veo, un día,
regañándole por no sacudirse las virutas antes de entrar a comer.
Te veo, María,
meciendo amorosamente a tu Hijo, cantándole una canción de cuna y besando
suavemente su frente, cuando al fin le conseguiste dormir.
Y te veo -¿por qué
no?- dando un “pescozón” al Niño aquel día que se entretuvo más de la cuenta
con aquella pandilla que tanto alborotaba las tranquilas calles de Nazaret.
Te veo, María,
escuchar estremecida de ternura y el orgullo de madre reflejado en el rostro,
las profundas palabras del Maestro.
Y te veo,
traspasada de dolor, salir al encuentro de tu Hijo cargado con la cruz. Os veo
miraros tiernamente, queriendo mutuamente consolaros.
Llamándote María
te siento con olor, sabor y color:
Olor a pan recién
cocido, a jabón de romero y madera fresca del pequeño taller.
Sabor... a pasas
de Corinto, que... no se quién me ha dicho gustaban tanto a tu Hijo. Color de
mujer atareada, sudorosa, ruborosa.
Perdóname, María,
pero yo no te siento envuelta en frío y blanco resplandor.
Llamándote María
te siento más cerca. ¿Cómo no te iba a sentir? Si hasta mis dos hijas se llaman
como tú: ¡María!
Perdóname, Madre,
si aun creyendo, abrazando y admirando tu larga sarta de advocaciones, a cual
más hermosa, como perlas cultivadas en el corazón de tus hijos; nunca he
entendido y aún sigo sin comprender por qué en Lourdes o Fátima has de ser más
milagrosa que en Cortes y en Cortes más que en la Espinosa.
¡Cómo si Tú tuvieses
alguna predilección por éste o aquel lugar!
Pienso que la
clave está en aquellas palabras que tu Hijo dirigió a aquellos dos ciegos:
“Hágase en vosotros según vuestra
fe”.
¿Y qué culpa
tienes Tú si nuestra vacilante fe se acrecienta más en un paraje que en otro?
Perdóname, Madre,
si cuando alcanzo a ver tu Imagen, a veces tras larga ausencia, lo primero que
buscan mis ojos es al Hijo que llevas en brazos.
No te enfades,
Madre, pero nunca puedo concentrarme en Ti sin estar Él presente. Tu Hijo se me
ha metido en las entrañas.
Pero... ¿qué digo?
¿Cómo habrías de enojarte? Si yo adoro lo que adoras y lo que Tú quieres
quiero. Y, aunque a mi manera, ¡Tú sabes cómo le quiero!
Perdóname, Madre,
si en estos días que se avecinan, allí, en tu Santuario, en la Espinosa , me “disloco” un
poco. Pero Tú sabes que entre la cerveza y el jamón, entre los cantos y las
sevillanas, una madre pide por el hijo ausente, otra mujer te ruega porque la
enfermedad que aqueja a un ser querido no sea grave, otra llora y otra da
simplemente las gracias. Y los hombres..., a los hombres ya sabes que nos da
vergüenza manifestar lo que sentimos. Sólo tienes que mirarnos al corazón y al
nudo en la garganta.
Y Tú sabes que
cuando esos dos pueblos, anochecido ya el tres de mayo, te reciban en la calle La Fuente , entre “vivas” y
lluvia de pétalos de flores, entre “salves” y lágrimas; todos, todos seremos
uno, todo un pueblo te sigue, todo un pueblo te abraza, con el alma en la
garganta.
Perdóname, Madre,
si hace tiempo no rezo el Rosario. Admiro a quien tiene por costumbre rezarlo
porque al fijarme en sus rostros he sabido, en el fondo, que están más cerca de
Ti. Pero yo no puedo. No me adapto a la oración rutinaria y mecánica.
¡Cuántas veces, al
rezarte, he perdido la noción del tiempo! ¡Cuántas veces, al recobrarla allá
por la vigésima o trigésima “Ave María”, me he dado cuenta de que quienes
rezaban eran mis labios! Y cuántas veces me he preguntado: ¿De qué valen las
palabras si no salen del corazón? ¿De qué valen las palabras si se quedan en lo
que son? ¡Palabras!... ¡Palabras!
Mi maestro y amigo
Julio, conocedor de mi preocupación en este sentido, me dio un día este papel.
También entonces lamenté no ser poeta. Aquí, en esta hoja, está escrito lo que
yo sentía:
REZAR
...rezar es departir con el Maestro,
es echarse a sus plantas en la hierba
o entrar en la casita de Betania
para escuchar las charlas de su cena.
Rezar es informarle de un fracaso,
decirle que nos duele la cabeza.
Rezar es invitarle a nuestra barca
mientras la red largamos a la pesca, y mullirle una
almohada
sobre un banquillo en popa a nuestra vera.
Y, si acaso se duerme,
no aflojar el timón mientras Él duerma.
Y es rezar despertarle, si, de pronto,
la mar se pone fea.
Y es rezar -¡qué rezar!- decir “te quiero”,
y lo es -¡no o iba a ser!- decir “me pesa”,
y el “quiero ver” del ciego
y el “límpiame” angustioso de la lepra,
la lágrima sin verbo de la viuda,
y el “no hay vino” en Caná de Galilea.
Y es oración, con la cabeza gacha,
después de un desamor gemir “¡qué pena!”.
Cualquier sincero suspirar del alma,
cualquier contarle a Dios nuestras tristezas,
cualquier poner en Él nuestra confianza...
-y esta vida está llena de “cualquieras”-,
todo tierno decir a nuestro Padre,
todo es rezar- ¡y
hay gente que no reza!
Y yo añado:
Y es rezar el
decir: “¡Señor, aquí está Juan!”
Y es rezar lanzar
“vivas”.
Y es rezar gritar
“guapa”.
Y es rezar ondear
su bandera.
Y es rezar engalanar las
carrozas.
¡Cualquier
sincero suspirar del alma!
¿Y quién de
nosotros sabe lo que el alma de otro siente?
Yo lo que quiero,
Madre, es que al rezar la Salve
que aprendí de pequeño, cada día me suene a nueva. Yo lo que quiero, Madre, es
que al desgranar sus frases, una a una mi interior remueva. Yo lo que quiero,
Madre, es que hoy la sienta así y mañana, quizás de otra manera.
Dios te salve,
Reina y Madre de Misericordia...
Madre de Misericordia... ¿Recuerdas las veces que
tu Hijo repitió esta frase del viejo Oseas?
“Misericordia quiero y no
sacrificios”.
Con esta frase Él
echaba en cara a los fariseos su fidelidad a las prácticas religiosas, mientras
descuidaban la fidelidad fundamental, la fidelidad a los hombres.
¿No seré yo ahora
un nuevo fariseo?
Vida y dulzura,
esperanza nuestra.
Dios te salve...
Dulce María, esperanza nuestra, consoladora
nuestra. Las mas hermosas de tus advocaciones: esperanza en lo que ha de venir,
consoladora en lo que nos llega. María de la Esperanza , María de la Consolación. Confianza ,
descanso, alivio del dolor... ¿Hay otras palabras que definan mejor a una
madre?
A Ti llamamos los desterrados, hijos de Eva...
A Ti nos dirigimos
los desterrados del Reino que anuncia tu Hijo. Desterrados del Reino y esclavos
de esta sociedad que nos ata creándonos, día tras día, nuevas necesidades.
A Ti llamamos,
María, Madre de Consolación. A Ti llamamos en un gesto impotente, porque si
“esto” queremos dejar, también “esto” tememos perder.
A Ti llamamos, sin
convicción profunda de cambiar, pero... a Ti llamamos.
A Ti suspiramos,
gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
A Ti te deseamos
en nuestras penas y en nuestras alegrías.
A Ti suspiramos en
este valle, de lágrimas pero también de risas. En este mundo maravilloso que
nos dio el Padre. En este mundo que para disfrutarlo no hay más que arrojar a
un lado nuestros pequeños problemas, nuestros placeres y ambiciones. Y mañana,
allí, en la Espinosa ,
caer en la cuenta de lo que hay a nuestro alrededor: de los colores, la gente,
el perfil de las montañas, el canto del pájaro, la flor al lado del camino...
Saborear la vida. Saborear el placer de existir. Tomar las cosas como vienen.
Aceptar lo que viene y despedir a lo que se va. ¡Como las aves del cielo! ¡Como
los lirios del campo! ¿Recuerdas?
¡Qué hermoso es el
mundo, Madre! ¡Y cómo lo maltratamos!
¡Qué bella es la
vida! ¡Y cómo la desperdiciamos! ¡Y cómo nos la complicamos
Ea, pues, Señora, abogada nuestra...
No te veo como
abogada, Madre. Creo que el amor y el perdón del Padre son tan grandes que no
necesitamos defensa alguna.
Yo, más bien, veo
tu abogacía como la de tantas madres aquí presentes cuando tratan, con su tacto
e intuición femenina, de disculpar las travesuras de sus hijos.
Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos...
Míranos con esos
ojos profundos, como los de mi madre; con esos ojos grandes, como los de la
mujer que amo; con esos ojos oscuros, como los de las mujeres de mi tierra.
Y esos ojos
oscuros, grandes y profundos, que veo a diario, me recuerdan los tuyos: ojos
misericordiosos. Y vuelve a mi memoria esa frase que atormenta mi conciencia:
“Misericordia quiero y no sacrificios”.
Y después de
este destierro,
Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre...
Muéstranos quién es Jesús. Muéstranos que Jesús no
es sólo el Niño acostado en el pesebre, rodeado de pastores, la mula y el buey.
Muéstranos que
Jesús no es sólo el Hombre sufriente bajo el peso de la Cruz , o el Hombre agonizante
clavado en ella.
Muéstranos a ese
Jesús sentado en la ladera de la montaña y que anuncia su programa en el más
bello sermón jamás pronunciado.
Muéstranos a ese
Jesús andariego, amigo de los “doce”. El de las parábolas. El del “Padrenuestro”.
Muéstranos a ese
Jesús que está aquí y ahora, no sólo en el Sagrario, sino en el corazón de cada
uno de nosotros.
Muéstranoslo para
que el “fruto bendito de tu vientre” deje de ser ese desconocido que cada uno
de nosotros hemos fabricado a nuestro gusto.
No me salen los
piropos, Madre. Siento que eres clemente, piadosa, dulce... pero no me salen
los ¡Oh! ¡Ya ves! Hasta en el rezar influye el carácter.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo...
Ruega por
nosotros, por los que somos incapaces de escuchar al otro, por los que somos
jueces de los demás, por los que somos poco niños, por los que sufren, por los
que se sienten solos, por los que aquí estamos, por los que vienen de camino,
por los que ya se han ido...
Ruega por todos
nosotros y haznos dignos de alcanzar el Reino. El Reino de los Cielos, el Reino
del Espíritu y del Amor, el Reino del Evangelio.
Haznos dignos y...
hazme digno, que yo sólo aspiro a lo que aspira mi amigo Baldomero: que cuando
me llegue el gran día de ir al encuentro del Padre, lo haga agarrado de una
mano a Ti, María, mi Virgen de Consolación, y de la otra a tu Hijo, a Nuestro
Padre Jesús Nazareno.
Amén.
Francisco Clavijo Viózquez
Castellar,
Abril de 1.992



No hay comentarios:
Publicar un comentario