¡Too er mundo es güeno!

         Estamos tan saturados de películas americanas en las que el protagonista es tan bueno y tan guapo o tan malo y depravado que, desgraciadamente, aplicamos esta imagen a toda persona que se pone a tiro de nuestra lengua, dividiendo a la humanidad entre “buenos” y “malos”. Los malos, por supuesto, son los otros y los buenos, cómo no, nosotros porque como ni matamos, ni robamos a punta de pistola, ni vamos por la vida con malas intenciones... pues... ¡ya me dirá usted que le vamos a contar a San Pedro cuando nos llegue la hora!
         Hace ya tiempo comprendí que las cosas no son tan fáciles y que entre el blanco y el negro hay... muchos grises. Vamos, que le doy la razón a mi amigo Paco (para entendernos, “el Guerra”) cuando dice que “todo el mundo es bueno”. Y es que nadie actúa por maldad. Aun el terrorista, al poner la bomba que va a matar a gente inocente ante el horror del mundo entero, cree con toda su alma que al hacer eso está cumpliendo con su deber, a veces con riesgo de su propia vida, que está obrando en servicio de su grupo o de su país, o que está haciendo un favor a Dios. ¡Cuántos crímenes se han cometido y se siguen cometiendo en nombre de Dios! Para algunos ese terrorista es un héroe o un mártir y, para otros, un miserable asesino. Unos ven en su acción un acto execrable y aborrecible y, otros, lo encuentran justificado. “Todo depende del color del cristal con que se mira.” ¿No os ha sucedido que, en una pelea, discusión o trifulca, si hemos tenido la ocasión de oír la versión de cada una de las partes enfrentadas, las dos tienen razón? ¡Una de las dos, al menos, debe mentir!... ¡Pues no! Las dos creen, sinceramente, que llevan la razón y hasta logran convencerte. Pensando en esto me está viniendo a la mente uno de los cuentecillos de Tony de Mello en el que un hombre, cuya hija estaba casada con un ciego, se oponía vivamente a que operasen a su yerno con el fin de devolverle la vista. ¿Tanto odiaba este señor a su yerno para desear condenarle a la ceguera permanente? ¡Pues tampoco! La razón de su oposición se debía a que pensaba que al recobrar su yerno la vista se divorciaría de su hija, pues ésta era muy fea.
         La gente podrá ser egoísta, ambiciosa, estúpida, ignorante... pero no es ni buena ni mala. Lo que sucede es que las personas actúan siempre de la mejor manera que saben y pueden dentro de las circunstancias en que se encuentran; esas circunstancias y su condicionamiento, forma de pensar o forma de ver la vida las llevan a considerar como “lo mejor” lo que a nosotros, con nuestro propio condicionamiento y forma de pensar, nos puede parecer horrible, depravado o injusto. En el fondo, todos somos lo mismo, todos llevamos al santo y al pecador dentro de nosotros y son las circunstancias de la vida y la falta de reflexión las que hacen saltar a escena a uno o a otro. Aun aquellos que a nosotros nos parecen perversos y malvados no actúan en realidad por malicia, sino por ignorancia o irreflexión, o dicho de otra manera, cegados por “el pronto” o por el no saber ponerse “en el lugar del otro”. De esto Jesús ya sabía un rato: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”. Y es que el pecado anida en el corazón del hombre, pero también está en él la gracia de Dios y ese “algo divino” que todos llevamos dentro al ser hijos suyos.
         Así es que, en consecuencia, pienso que mi amigo Paco lleva razón y, a propósito de todo esto, vuelvo a recordar otro de los deliciosos cuentecillos de Tony de Mello en el que se dice que si todas las personas buenas fueran blancas y todas las malas personas fueran negras, nosotros tendríamos la piel... a rayas.

Francisco Clavijo

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