No podía creerlo. Aun conociendo la
gravedad de su situación, en el fondo me decía a mí mismo: “Paco está enchufado
allá arriba, seguro que Él le echa una mano e indudablemente saldrá de esta”.
Pero los designios de “arriba” son inescrutables y cuando recibí la fatal
noticia me negaba a admitirla. Su muerte fue un mazazo para mí.
“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo como los hijos de la mar.”
Tampoco sé el porqué en ese momento acudieron a mi mente estos versos
de Antonio Machado. Quizás se deba a que encabezan y dan título a un libro que
él me recomendó y he leído y releído varias veces; aunque, más bien se debe a
que creo que Paco Marín se fue así, como el protagonista de ese libro: “ligero
de equipaje”.
Por supuesto que en sus planes no entraba el dejarnos tan
apresuradamente. Dos meses antes de su muerte me decía: “Estoy deseando que
se jubile Grego para estar libres y poder hacer una de las cosas que más me
gustan, viajar.” Y me contó su último viaje a Tenerife en compañía de su
mujer.
Pero, también estoy seguro que su marcha no supuso ningún trauma para
él. En otra ocasión me comentaba: “Cuando me jubilé me programé la vida: me
levantaré a tal hora, dedicaré tantas horas a andar, tantas a leer, tantas a
ayudar a Grego en las tareas de la casa, tantas a la Iglesia… Hoy me he dado
cuenta de que la mejor manera de disfrutar es aceptar las cosas como van
viniendo: que me apetece estar más tiempo en la cama, pues me estoy; que hoy no
me apetece salir a andar, pues me quedo en casa; que me apetece una cerveza,
pues me la tomo…” Y esa actitud de Paco de que sólo el presente está vivo,
de que es el ahora lo que importa porque el ahora es la vida, de aceptar lo que
viene y despedir a lo que se va, de estar en armonía con lo que nos rodea… “Duermo
como un bendito porque duermo con la conciencia tranquila”. Le oí decir más
de una vez. Todo eso implica, también, el aceptar lo inevitable sin sorpresa ni
conmoción. El Señor nos lo dio y el Señor se lo llevó. Y Paco fue fiel a sus
principios y a su fe hasta el final. En el hospital, en sus últimos días,
siguió viviendo el presente: “Tiene uno que ponerse enfermo para comprobar
cuanto le quieren los demás.” Me contó Grego que él le decía. Y Paco se
embarcó en esa nave, tranquilo, satisfecho del deber cumplido, desnudo de todo
lo que altera y lastra la conciencia, ligero de equipaje.
De Paco admiraba y admiro su sencillez que escondía un bagaje cultural
enorme y unos valores abiertos a todo y a todos. Y digo “admiro” porque le sigo
viendo cuando paso ante la Capilla de San Benito y leo el himno que él compuso.
Y le veo pensativo ante el “Ora et labora” de la ermita. Le veo en los locales
de la Colegial, en el Salón Parroquial, en la Casa de Cofradías... Le veo
caminar apresurado por los caminos que circundan el pueblo. Y le veo en los
libros de actas del Colegio; fue Secretario muchos años y solía decir: “Yo
soy hombre de bolígrafo”. Aunque en sus últimos años tuvo que enfrentarse
al ordenador y con él me dio un buen sobresalto. Resulta que yo tenía un correo
electrónico que, hace unos meses, comenzó a darme problemas en su apertura y
terminé por abandonarlo y crearme una nueva cuenta de correo. A los pocos días
de morir Paco, me dio por trastear en mi antiguo correo y conseguí abrirlo. Lo
tenía saturado y, cual no fue mi sorpresa cuando vi, entre todos los correos
almacenados, uno de Paco. Lo primero que miré fue la fecha de envío (soy algo
escéptico respecto a lo paranormal, pero, por si acaso) y comprobé que ya hacía
tiempo me lo había enviado. Se trataba de una presentación preciosa sobre “El
Arte de vivir juntos” que, por cierto, se la puse a las parejas que estaban
haciendo el cursillo prematrimonial. Paco estaba allí, con nosotros, al igual
que en años anteriores. Y me las vi y me las deseé para poder continuar la
charla.
Paco, junto con Julio Millán, ha sido la persona que más ha influido
en mi “faceta espiritual y filosófica” (por llamarlo de alguna manera). Gran
lector y poseedor de una amplia cultura humanista, nuestras conversaciones, que
comenzaban sobre cosas intrascendentes, a veces continuaban rozando lo
trascendental y siempre terminaban con la recomendación de un libro. Así conocí
las obras de José María Castillo, Tony de Mello, Carlos González… Libros que
mucho me han hecho reflexionar y que a menudo acudo a ellos cuando me entra la
“vena meditativa”.
También Paco fue en muchos aspectos mi “guía espiritual”. En una de
esas conversaciones le comenté mis dudas (tengo muchas) sobre mi fe y nuestro
cristianismo y él me contestó: “Paco, no le des más vueltas. Sigue tu
conciencia. Somos hijos de Dios y, por lo tanto, todos llevamos en nuestro
interior algo de él. Esa chispa de su divinidad que llevamos dentro es nuestra
conciencia y, si sabemos escucharla, ella nos dirá lo que está bien y lo que
está mal y, entonces, no hay más que actuar en consecuencia…”
Pero fue en una
conversación sobre el monumental y extenso cursillo que se exige hoy para ser
hermano mayor de una cofradía, donde Paco me demostró que no hubiese servido
como inquisidor debido a su talante abierto y conciliador. Ni él ni yo
estábamos (ni sigo estando) de acuerdo con ese cursillo (incluso llegó a
escribir una carta al Obispo explicándole la conveniencia de suprimirlo).
Enseñándome uno de los libros de temas del cursillo me dijo:
“¿Te das cuenta de lo mucho que hemos complicado el cristianismo? Con lo sencillo que es su mensaje, tan
sencillo que se puede resumir en una frase: “Ama a tu prójimo como a ti
mismo.” Y lo hemos complicado los mismos cristianos pensando demasiado
sobre él en lugar de llevarlo a la práctica. Pero no, cada uno nos hemos creado
un cristianismo a nuestra manera y nos justificamos creando y cumpliendo normas
que, en el fondo, no nos comprometen con los demás. Y lo peor es que como
todos, cristianos y no cristianos, creemos llevar la razón y nos consideramos
los buenos, nos empeñamos en cambiar a los demás para que los demás piensen
como nosotros. ¿Te imaginas cómo sería el mundo si, en lugar de querer
cambiarnos unos a otros, nos respetásemos y nos aceptásemos tal y como somos?
Los políticos hablarían sólo de su programa y dejarían de criticar el de los
demás. Se acabarían las envidias, los radicalismos, los fanatismos, las
intransigencias, el odio entre religiones, los conflictos, las guerras…
¿No sería maravilloso? ¿NO SERÍA ESTABLECER EN LA TIERRA EL REINO DE
LOS CIELOS QUE ÉL NOS ANUNCIABA?”
Así era él y así le recuerdo yo.
Francisco Clavijo Viózquez
Enero
2011

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