Despedida de Dª Águeda

Ya lo dejó dicho todo Puri, hace dos días, cuando hizo de ti el más fiel de los retratos. Yo me voy a centrar en unas palabras que tú pronunciaste en ese mismo acto. Dijiste:
“A pesar de que me veáis llorar,  siento jubilo
 pues no otra cosa significa la jubilación”.
         No hace falta hacer un gran esfuerzo de imaginación para comprender ese júbilo.
         ¡Qué gozo debe sentirse el librarse de calendarios, de cumplir en Séneca los plazos, de la tiranía de los horarios!
         ¡Qué gustazo debe dar el uno de septiembre; o mejor, el quince, en brazos del dulce sopor,  hacer oídos sordos al despertador!
         ¿Qué regodeo dará el pensar: ¡Ya estarán los pringaos batallando con padres y chiquillos, la Fernanda y los gitanillos!
         ¡Qué jubilo, en fin, poder decirle, cualquier día, a Gabriel: “Vámonos de compras al Corte Inglés”.
         Tampoco hace falta mucha imaginación para entender el por qué de aquellas lágrimas.
         Y es que, parece que fue ayer cuando en el pueblo se comentaba, con permiso de Gabriel, que había llegado una joven maestra de “muy buen ver”.
         Parece que fue ayer cuando, en nuestras viejas clases, se sentaban los padres y madres de los alumnos que hace sólo dos días se “graduaban”.
         Parece que fue ayer cuando coincidieron nuestros derroteros, al tener yo el privilegio de recalar en este Centro, y así llegar a ser compañeros.
Cómo se fueron los años,
Cuántos alumnos pasaron,
Cuánto logro en el haber,
Cuántos momentos vividos,
Cuánto dar sin decaer,
Cómo se marchó el tiempo,
Y parece que fue ayer.
         Y en esos años llegó la LODE, la LOGSE, la LOE, la LOLA y la LEA. No, Ague llegó antes que Lola, y Lola antes que la LOGSE. Y si Lola llegó después que Ague y antes que la LODE y la LOE antes que la LEA… ¿cuándo llegó Gabrielito? Que por cierto, de “ito” tiene poco. También, parece que fue ayer cuando, viendo los hilos que llevabas, tu padre me decía: “Déjalo que crezca, a ver si me lleva dos cuartas”. Pues tus deseos se han cumplido, Gabriel.
         Y entre tanta “L” y tan poca “lógica”, Águeda fue haciendo los teatros y villancicos, los cuentos y las poesías, las gachas y las sorpresas, los cafés y las cortinas, el Centro y las biografías, los tratos con abadesas,... ¡hasta inventó compresas! Y pensando en esto un momento… ¿No os suena a “Renacimiento”? Y es que la inquietud y curiosidad de Águeda no tiene nada que envidiar a la de aquellos genios del cuatroccento y cinqueccento. Sólo que Águeda es del noveccento y veinteccento.
         Y con su profesión, sus mil actividades e inventos y con:
Un marido enamorado,
unos hijos bien sentados,
unos nietos que la adoran,
los mil granos que ha sembrado…
 Águeda ha sido y es una mujer feliz porque, al fin y al cabo, ¿qué es la felicidad sino el desarrollo de nuestras facultades? –ya lo dijo otra mujer, una escritora francesa con nombre alemán que no me atrevo a pronunciar.
Y esa felicidad, Águeda, culmina hoy porque te ha llegado el gran día.
Creo que alguien lo llamó jubilación.
Yo le llamo cosechar.
No porque algo terminó,
No por tener que acabar,
Si no lo que un día se sembró.
         Lo que más valoro en ti, Águeda, más que todo lo dicho, es que viniendo de capital y pasando por hermosas sierras, te has hecho “castellariega”. Y en Castellar ya has entrado en la leyenda con esas otras grandes maestras que han dado prestigio y nobleza a nuestra profesión. Ya puedes codearte con Dª Adela, Dª María y Dª Clotilde, gracias a ellas me atrevo a escribir estas letras. Dª Adolfina, mi maestra y después compañera, la que me inculcó, además del cálculo, seriedad, constancia y paciencia. ¡Y qué decir de Dª Isabel, Dª Lolita, Dª Mari Carmen, Dª Seba…! ¡Todas castellariegas!
De los maestros no hablo porque mi reto es alcanzarlos. ¡Ojala, algún día, cuando llegue mi jubilación, si Dios quiere y la LOGSE se prorroga, pueda compararme con ellos!
Mi respeto, admiración y cariño a esos hombres y mujeres, “nuestras viejas glorias” que han dignificado esta noble tarea de educar. Y, cuando digo “viejas” no lo hago en el sentido del tiempo, porque, como dijo Salvador Pániker: “La juventud de un ser humano no se mide por los años que tiene, sino por la curiosidad que almacena”.  
Conociendo esa curiosidad e inquietud innatas de Águeda, ahora comprendo el por qué así se conserva.
Y no tengo más remedio que terminar, Águeda, compañera, directora y amiga, dedicándote este poema de Gabriel Celaya, cuya lectura, de esto hace ya unos cuantos años, me sedujo y me dejó marcado. Va por ti.
                                 Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.
 
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Os pido que brindemos porque la bandera que Águeda ha representado tan dignamente, todos estos años, siga enarbolada.

¡Por Águeda y nuestras “viejas glorias”!
25 de junio de 2008

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