Lo que dicen de mi pueblo

            ¡Si yo tuviera que vivir todo el año en el pueblo, me moriría de aburrimiento!
            Cuántas veces he tenido que oír esta y otras frasecitas por el estilo este verano. Y a fuerza de oírlas, no he tenido más remedio que preguntarme: ¿Tan mal se vive en mi pueblo?
            Es cierto que aquí no tenemos más distracción que los bares. Pero... en el bar no sólo se bebe. Los bares aquí son el "Diez minutos" local, bolsa, casino, tertulia, pasarela de modelos, juzgado de paz sin juez. Todo en un mismo local y encima ponen "tapa".
            También es cierto que fuera del trabajo y del bar poco queda por hacer. Pero aquí, igualmente, podemos leer un buen libro o ver una buena película, que aquí casi todos tenemos vídeo. O podemos pasear con la familia por los alrededores y observar cómo cambia el campo y vuelan los pájaros. ¿Qué mejor escaparate? O preguntar a fulanico cómo va la cosecha y a menganico si está mejor del reuma.. Es decir, podemos vivir las pequeñas cosas de cada día. Vivir la vida. Saborear el placer de existir. ¿O es que si viviéramos en una ciudad estaríamos todas las semanas visitando museos o asistiendo a conciertos y revistas?
            Y es cierto que en el mercado no encontrarás la mitad de lo que buscas. Pero... eso es precisamente lo que nos hace más apetecibles esos productos. El salmón, por poner un ejemplo, dejaría de ser salmón si dispusiésemos de él todos los días.
            Y sigue siendo cierto que aquí en el pueblo hasta el vecino de mi vecino se entera si llego tarde a casa o si el otro día discutí con cetanico. Pero eso también es una forma de interesarse por mí. Al menos hay alguien que me conoce y sabe de mí. En la ciudad se corre el riesgo de "no existir".
            Es verdad que el hospital más próximo está tan alejado que da tiempo a morirse en el camino. Pero quizá eso haga que le tengamos más apego a la vida y que esos cincuenta kilómetros camino de "urgencias" sirvan para darle un repaso a nuestra conciencia.
            Y que nuestros hijos para estudiar tienen que trasladarse, pues también llevan razón. Pero así nuestros títulos tienen más mérito, porque aunque el "papel" sea el mismo, no tiene el mismo valor oír decir a un padre de pueblo que a uno de ciudad: "mi hijo es ingeniero".
            También puede que acierten cuando dicen que nosotros conducimos por el "centro". Pero es que nuestras carreteras no tienen ni izquierda ni derecha, sólo tienen centro y con "chichones". Y si no, pégate a la derecha y verás lo que te duran las ruedas.
            Y es verdad que, buscándole tres pies al gato, mi pueblo tendría muchos más defectos. Pero... es mi pueblo.

Hernándo de Cárdenas
Publicado en la revista "El Candil" en noviembre de 1990.

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