Los anillos del Señor

Esta no es la historia de unos anillos mágicos, a pesar de la semejanza que este título pueda tener con el de la célebre película. Es la sencilla historia de la donación de unos anillos, concretamente dos,  a la Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Pero, para mí, la ofrenda del segundo de ellos fue uno de esos hechos que, pese a su intrascendencia, te hacen trastocar todos tus esquemas y, como suele decirse, “marca para toda la vida”.
         Pues sucedió que siendo yo Hermano Mayor de esta Cofradía, una mujer ya de edad donó al Nazareno un anillo que figura en el inventario con la etiqueta B.1.19. y descrito como “Anillo de oro con piedra rectangular roja”. Dándose a continuación el nombre de la donante y la fecha en que lo hizo. Hasta aquí nada de particular. El anillo me fue entregado a mí y yo lo prendí en la túnica.
Por aquel entonces yo comenzaba una época... digamos eufórica. Tan metido estaba en todo y tan ocupado me encontraba que, mi amigo Diego tenía un dicho para definir a alguien que estaba agobiado: “Tienes más reuniones que Paco Clavijo”. Arropado por una excelente Junta de Gobierno, las ideas, los proyectos y el trabajo no me faltaban y yo me consideraba poco menos que un “cristiano ejemplar”.
Pasados unos años, la misma señora a la que antes me he referido, manifestó al entonces Hermano Mayor Rufino Munuera, su intención de donar otro anillo, también de oro, y que, debido a su enfermedad, había hecho la promesa de ponérselo en el dedo a la Imagen del Nazareno. Rufino se negó. La Imagen nunca tuvo joyas en los dedos ni las seguiría teniendo, al menos, mientras él fuese Hermano Mayor. Aquello parecía olvidado cuando, ante la insistencia de la mujer y teniendo en cuenta el agravamiento de su enfermedad, el Hermano Mayor aceptó con la condición de que el anillo sería retirado del dedo de la Imagen una vez hecha la ofrenda. Llevar a cabo esto, debido a la situación de la Imagen y el estado en que se encontraba esta mujer, no era nada fácil por lo que Rufino me pidió ayuda ya que yo era el Vice-Hermano Mayor por entonces. Acepté, lo confieso, de mala gana ante lo que yo consideraba un capricho dictado por una deformación en la fe de esta señora. Tuvimos que apartar flores y candelabros, asegurar el altar y buscar una escalera cómoda para poder subir sin peligro al camarín de la capilla. Una vez todo preparado, Rufino y yo fuimos en coche a por esta mujer con la que ya habíamos quedado previamente. En el coche ella nos contó su pasión por el Nazareno y que, sintiendo próximo su fin, (murió al poco tiempo) tenía la ilusión de poner ella misma el anillo en uno de los dedos de Jesús.
Al traspasar el umbral de la capilla nos llevamos el primer sobresalto. Asunción, que así se llamaba esta mujer y a la cual recuerdo muy a menudo desde entonces, prácticamente se desplomó, arrodillándose entre sollozos. Así estuvo un buen rato mientras miraba la Imagen. Después, con mucho trabajo, subió la escalera. Rufino la esperaba arriba, al lado de la Imagen; yo, encima del altar, cogiéndola por el brazo. Lo que vino a continuación no es fácil de describir aunque lo haya vivido en mi memoria cientos de veces. Asunción, llorando abrazada a los pies del Nazareno; Rufino, sujetándola por los hombros; y yo, sin saber qué hacer, preguntándome: ¿Y a esto he llamado una fe deformada? ¿No seré yo quien tenga esa deformación? Yo no sé si Asunción vio allí a Dios, pero de lo que sí estoy seguro es de que, allí, Asunción sintió a Dios.
Ya más calmada, aunque sin dejar de llorar, Asunción puso, temblando, el anillo en el dedo de Nuestro Padre Jesús. Después... nada hablamos en el trayecto de ida y poco en el trecho de vuelta. Nadie sabe lo que nos costó retirar el anillo de la mano de Ntro. Padre Jesús y no precisamente porque estuviese apretado. Y tras besar aquella mano ya desnuda, disimuladamente, ¡esta maldita vergüenza mía! (aunque a mí me pareció que Rufino hizo otro tanto), disimuladamente también besé aquel anillo calado, en el escudo donde están grabadas una A y una G superpuestas. Porque, ya que no me había atrevido a hacerlo antes, también quería besar la mano de quien tan amorosamente allí lo había depositado.
Y una vez colocado todo, allí, en la capilla, de pie ante el Nazareno me vinieron a la mente retazos de textos leídos y no muy bien aprendidos:
“...porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos.”
“mas poseerán la tierra los humildes y gozarán de inmensa paz”
Y... “Dejad a los niños y no les impidáis que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos.”
Y... “No juzguéis, para que Dios no os juzgue.”
Y entre ese torbellino se abrió paso aquella sencilla oración que Baldomero puso en boca de un hombre humilde: “¡Señor, aquí está Juan!” Y desde aquel momento se convirtió en mi oración más querida. ¿Señor, aquí me tienes! Con mis dudas, mis defectos y mis virtudes. Tú me conoces. Ya ves... ¿Qué más puedo decirte?
Y en aquel momento comprendí a Juan, y comprendí a Asunción, y comprendí la sencillez y sinceridad de la llamada religiosidad popular.
Y supe que yo era uno de esos... ¿cómo decía D. Julio?... “¡cristianos de cascarilla!”, cristiano engreído, poseedor de la verdad absoluta, cristiano de fe aprendida y poco experimentada.
Y allí acabó mi euforia y aparente paz interior y comenzaron mis inquietudes, mis dudas, mi desconfianza hacia todo aquel o aquellos que se sienten poseedores de la verdad absoluta. Y desde entonces mi fe quizás sea menos visible, menos estable, pero sí más sincera.

Y después de aquello, año tras año, madrugada tras madrugada, cuando al pasar el Nazareno veo a alguien derramar una lágrima, pienso en Asunción y en que la procesión también sirve para que algunas personas sientan lo que sintió ella ante esa misma Imagen.
Y desde entonces tengo el convencimiento de que lo importante en la vida no es saber sobre Dios sino experimentar y vivir la cercanía, la presencia de Dios. Como la vivió Asunción aquella tarde de finales de Marzo, en la capilla, ante Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Y, también, desde entonces, he aprendido una lección muy importante en la vida: Que mi fe también puede estar equivocada pero que aún me queda la esperanza.

Francisco Clavijo Viózquez

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