Viajando contigo a Croacia

Una vez leí que el cuerpo puede regresar de un viaje antes que el alma y siempre había creído que eso era verdad, Juani. Ya sabes que, a los pocos días de volver, te contaba que mi alma seguía vagando por los lugares visitados y que por eso soñaba con ellos todas las noches. Esta vez mi alma se ha apresurado a volver con la misma velocidad que mi cuerpo, seguramente porque no quiere alejarse de tu compañía y desde que he regresado he vuelto a soñar contigo. Durante los días de viaje me acostaba tan cansado que no recuerdo haber soñado. Y no es que no haya disfrutado del viaje, al contrario: ha sido intenso, agotador, hermoso y enriquecedor. Y, sobre todo, te he sentido a mi lado.
He sentido cómo admirabas los mosaicos bizantinos de Porec y los comparabas con los que vimos en Ravena. Cómo sus palacios se parecían a los venecianos y cómo la torre de la Iglesia de Santa Eufemia de Rovinj te evocaba el Campanile de la veneciana Plaza de San Marcos. ¡Y es que el norte de Croacia se parece tanto a Italia! ¡Aquel viaje inolvidable por Italia en nuestro vigesimoquinto aniversario! ¿Recuerdas el paseo en barca alrededor de la isla de Capri, cuando nos besamos bajo aquel arco de roca? Decían que auguraba "amor eterno".
Sentí cómo, durante el trayecto, te horrorizabas al contemplar las secuelas dejadas por el último conflicto en estas tierras y pensabas en lo absurdo de las guerras. Y sentí cómo disfrutabas en Pletvice, caminando por esos serpenteantes senderos entre cantarinas cascadas y lagos de color esmeralda. Cómo te sorprendió el bullicio de Zadar y cómo protestabas al desorientarme y multiplicar por tres el recorrido de vuelta, teniendo que volar más que correr. Y te oí comentar en las viejas calles de Sibenik, donde parece haberse detenido el tiempo, que unas macetas en los balcones y ventanas habrían hecho más acogedoras aquellas vetustas mansiones medievales.

Percibí cómo sonreías cuando nos sentamos en aquellos escalones del Peristilo del Palacio Romano de Split, contemplando la imponente torre que teníamos delante, mientras saboreábamos un café y un trozo de tarta de chocolate. Y cómo se escapaba un ¡oh! de tu garganta al entrar en el Mausoleo de Diocleciano, reconvertido en catedral.
Y advertí cómo quedabas encantada al contemplar la joya del Adriático, la vieja Ragusa, la actual Dubrovnik. Cómo te gustaban esas calles estrechas y empinadas, con sus hileras de macetas, con sus decenas de escalones, lo que las hacía aún más encantadoras pero más laborioso su recorrido.
Imaginé cómo te ponías el pañuelo en la cubierta de aquel barco que nos dejó en la isla de Lopud. Y cómo tus hermosos ojos se abrían espantados por aquella tormenta que nos sorprendió en la Plaza Gundiliceva.

Te hubiera costado trabajo recorrer las imponentes y altas murallas de Dubrovnik y no habrías podido subir a todo lo alto de la Fortaleza de San Lorenzo desde donde se ve la ciudad vieja a vista de pájaro, demasiados y empinados escalones. Subiéndolos me vinieron a la mente aquellas palabras tuyas que tanto nos repetiste poco antes de tu muerte: "Quiero que vosotros disfrutéis y seáis felices. No os preocupéis, yo soy feliz porque he tenido un sueño en el que Jesús me ha dicho que pronto me llevará con Él. Yo sería un estorbo en vuestros viajes". ¡Bendito estorbo! Hubiera renunciado incluso a salir de casa con tal de que continuases a mi lado. No pudo ser, y ese pensar en nuestro gozo hasta el último momento te enaltece y me hace, si es que ello es posible, quererte más que te quería.
Agosto 2014

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