Paseo en las Alpujarras

Te hubiera gustado esto, Juani. Me paso el día fuera del piso. Por las mañanas andando y vagando por caminos serpenteantes y estrechas veredas. Ya sabes que doy de lado a las carreteras. Entre madreselvas en flor y amarillos jaramagos, limoneros y naranjos cuajados de redondas lucecitas, granados despertando y olivos extraños. Y subir y subir, dejando atrás los suelos alfombrados de verdes y amarillos, y entrar en el dominio del pino, la retama y la piedra. Y al echar la vista atrás, ver el pueblo con sus dos torres y su ermita descollando allá abajo; y un sin fin de casitas guardianas de humildes huertecillos extendidas por el valle; y un cielo de puro azul en lo alto, donde sólo algunas despistadas nubecillas quedan enganchadas en las cumbres nevadas. ¡Una sinfonía de colores entre moles imponentes! Parece ser que, bajo la mirada cegadora de la nieve, aquí ya ha llegado la primavera. ¡Qué palizas le estoy dando a Noa! No te preocupes, la mitad del tiempo me cuesta llevarla en brazos. Soy yo el que termino agotado, y eso es lo que busco para, por la noche, caer rendido.
Por la tarde, con Nieves, visitando escondidos pueblecillos blancos que parecen estar escalando los profundos barrancos. ¡Si vieras qué carreteras! Sí, seguro que esto te gustaría.
Desde que Nieves está aquí, ¿cuántas veces hemos dicho de venir a conocerlo? ¡Ni un solo día poder escaparnos! ¡Tú último año! El año en el que no viajamos. El año en el que no descansamos. El año en el que no soñamos. El año en el que fuimos esclavos. ¡Y qué cruel paradoja! ¡Yo, recién jubilado!


¡Cómo me hubiera gustado pasear por aquí contigo, Juani! Ahora, aunque acompañado de Noa, lo hago solo, "triste, cansado, pensativo y viejo". A veces, cierro los ojos e imagino que caminas a mi lado, mientras señalas, comentando, la deslumbrante nieve arriba, en los picos más altos y, a nuestros pies, el oscuro barranco. Hasta me parece oír tu clara voz decirme: "-¿Pero tú no tenías vértigo?" "-¡Ya ves, lo he dominado! ¡Cuando nada se tiene que perder...!" -te contesto yo en voz alta, e imagino el reproche asomar a tus hermosos ojos. Te veo detenerte, levantarte las gafas y mirar esas florecillas malvas que tanto destacan. Seguramente pensando en cómo alegrarían el salón de nuestra casa. Y te escucho quejarte del viento. Por eso llevas el pañuelo puesto.

                                                                                                          7/03/2014

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