Autoridades eclesiásticas y
civiles,
hermanos cofrades y paisanos
todos.
¡Han vuelto las
golondrinas!
Aunque este año su
llegada está empañada por las inquietantes noticias que, sobre la Gripe Aviar , los
medios de comunicación nos traen de vez en cuando. ¿Habrá venido con ellas el
temible virus? El tiempo y la voluntad de Dios nos lo dirán.
Mientras
tanto, yo prefiero creer que las golondrinas han vuelto porque echaban de menos
el pequeño pueblo que las vio nacer: el de las torres coronadas de azul, con
sus calles largas y rectas, con sus calles torcidas y estrechas, con su parque
y su glorieta, con su plaza de historia y piedra.
Prefiero
creer que las cálidas luces del crepúsculo africano no han logrado borrar en
ellas el recuerdo de los primeros rayos de sol resplandeciendo en el brazo
enhiesto de la cruz dorada.
Y
quiero creer que, incapaces de esperar un solo día más para vivirlo, están esta
noche ahí, revoloteando tras esos cristales, deseando escuchar el Pregón de
Antonio.
Incluso,
con un poco de imaginación, puedo escuchar su incesante parloteo.
¿No las oís?
Hablan de odios y de rencores,
de amor, perdón y silencio,
de luces y de misterios,
de las sombras y del fuego.
Hablan… de nuestra Semana Santa.
También
hablan de cotilleos: De quién se sienta en esa silla, de mira quién ha venido,
de a ese que habla le conocemos.
-
Pero, calla, que siguen hablando.
-
¿Y veis a quién se está ahora dirigiendo? –está diciendo una de ellas- A
ese que tiene cara de niño y voluntad de hierro, trabajador infatigable,
Párroco de este pueblo. Tenéis que volar conmigo estos días hasta la iglesia. Allí,
tras los ventanales, le oiréis pronunciar palabras hermosas, palabras grandes.
Propias de un Dios hecho persona. Dignas de un Dios que perdona.
-
Y ese que está cerca, a su lado, -continúan con sus cotilleos- es el
Alcalde del pueblo y, por si fuera poco Alcalde, Capataz del Nazareno, Capataz
de costaleros. Al igual que su cuñado, el Pregonero de este año.
-
Porque se ha corrido la voz que este año el Pregón lo hace otro maestro, no
es maestro de escuela pero sí un maestro en su oficio y, además, un maestro en
el paso que baila, que mece, que sueña, que avanza. Capataz o maestro, que lo
mismo da, de sufridos costaleros. Ese es el Pregonero, alto, recio, de traje
oscuro y semblante serio, ese que sujeta con fuerza un precioso libro en su
mano. Ahí lleva grabados sus pensamientos; ahí refleja su amor por el único
Maestro; ahí expresa su ardiente deseo: cooperar con Él en su obra, que de
obras bien sabe este Pregonero; arrimar su granito de arena; cargar con la Cruz que le toca, con
humildad, con desprendimiento.
-
Cuéntanos algo más de este Pregonero –están diciendo unas jóvenes
golondrinas nacidas, ya avanzada, la pasada primavera.
-
Antonio Mañas Muñoz es su nombre completo, 48 años cumplidos según me
dijeron.
Su padre es un labriego
del campo enamorado,
artista de la tierra,
como buen hortelano.
Que aquí en el Castellar,
al hablar de hortelanos,
es Diego el de las Pilas
quien nos viene a las mentes
sobre su hortal inclinado.
A Antonia, su
madre, ya no la veréis, que hace siete años se la llevó Dios para el Cielo.
Allí está con María, la del Consuelo. Ellas ya se conocían. Durante largas
temporadas fueron buenas vecinas.
Y
continúa la vieja golondrina relatando:
- ¿Recordáis, aquel
día en que llegamos, pasar volando sobre un cortijo encalado, al fondo de un
valle acurrucado? A ese lugar, de siempre, las Pilas le han llamado. Allí vino
al mundo Antonio, también allí vinieron sus hermanos. Primero llegó Diego, a
quien le vieron, por cierto, en una obra de teatro hacer de muerto. Después
vino Antonio, nuestro Pregonero; le siguieron Manuel, Mª del Carmen y Juan
Francisco. Trabajadores, responsables, caseros, callados, honrados y serios.
Dignos hijos de sus padres que así los quisieron.
Allí, en las
Pilas, transcurrió la niñez de Antonio y él aún la recuerda con nostalgia:
¡Qué paz allí se respiraba!
¡Qué dulce la vida era!
El crepúsculo sereno del verano,
el bello amanecer de primavera,
el canto del mirlo en el espino,
la suave brisa en la noguera,
el buscar los nidos en los setos,
el crecer unido a sus hermanos.
¡Y aquellos dos días del año
con que ilusión los esperaban,
cuando María y su Hijo,
por las Pilas se acercaban!
Las
Pilas marcaron a Antonio, de allí le viene su amor por la naturaleza, por los
campos, por la pesca. Y por otras cosas que requieren algo más de calma, que
además le gusta el cine y la lectura.
Luego
vinieron los estudios, los amigos y otras ilusiones. También llegó el trabajo,
que había muchas bocas y pocos brazos. Escogió la albañilería y, de peón, poco
a poco fue ascendiendo en su profesión. Hoy es un reconocido maestro, que de su
buen hacer puede dar fe el presentador.
En
la vida de Antonio, como en cualquier otra vida, tiempos felices, momentos
buenos los hubo y los hay. Como cuando conoció a la que iba a ser su compañera,
Catalina; una joven trabajadora, sencilla y buena, hija de labradores de esta
dura y rojiza tierra y, además, vecina nuestra pues se crió muy cerca de donde
tenemos el nido, allí en la cochera vieja.
Buen esposo y aún
mejor compañero debe ser Antonio, pues ella lo califica de tranquilo,
responsable, atento, cariñoso, comprensivo y bueno.
Y el amor trajo los hijos:
Antonio Jesús y Diego.
Dos retoños fuertes y sanos,
dos renuevos por Dios concedidos
para hacer de oro sus almas,
para hacer de acero sus cuerpos.
Pero
en la vida, al igual que en las rosas, también hay espinas, que momentos
amargos solos vinieron. Fue un día de abril, Semana Santa, primavera. Antonia,
la madre adorada, partió en silencio. Y una parte de ellos se fue con ella. Y
una parte de ella quedó con ellos. Porque el amor es más fuerte que la muerte.
-
Pero –interrumpe una de las jóvenes golondrinas- aún no nos has contado
cómo Antonio llegó a ser Capataz de costaleros.
-
Calma, jovencita, calma. Todo a su tiempo.
Y la vieja golondrina continúa
con voz pausada.
- Habréis de saber que en toda vida hay un
momento en que un sencillo acontecimiento puede en ella provocar un vuelco. Lo
que después suceda dependerá de la respuesta dada en ese instante.
Pues bien, a
Antonio ese momento le llegó hace quince años. Por aquel entonces, esa Imagen
de María que le duele el alma y tiene el
corazón traspasado de dolores. Y llora, sola… Y calla. Esa Virgen vestida de
negro no podía caminar sola. Apenada por ello, la Hermana Mayor de su
Cofradía, Ramona Hidalgo, conocida aquí más por Ramoncita, pidió a varios
hombres, entre ellos Antonio, que le prestasen sus hombros, su corazón abierto,
su sudor sediento.
Antonio dijo sí, y
aquel sí cambió su vida.
Ingresó en la Cofradía ,
fue nombrado directivo,
Capataz de los Dolores.
Y a partir de ese momento:
menos pesca y más trabajo,
más juntas, menos cerveza.
Y en los días que se avecinan:
poca casa y mucha iglesia,
quebraderos de cabeza.
Y sin pedir nada a cambio
pues Dolores le da fuerzas.
Y a causa de aquel sí,
dado hace quince años,
hoy, Antonio va a subir
a este temible estrado.
Que de esta misma situación
el que presenta sabe un rato.
Entre
las golondrinas también las hay despistadas pues, después de tanto parloteo,
una de ellas no sabe aún qué hace Antonio el Viernes Santo.
Y
esto es lo que le explican:
Puso el alma en la garganta,
en sus manos, sentimiento,
a un lado apartó su capa,
su voz sonó como un trueno.
Abajo, tensa la espera.
Arriba, brilla un lucero.
Sudor pusieron espaldas;
Antonio, todo su anhelo.
¡Con un golpe de campana
subió Dolores al cielo!
-Y, ahora,
¡calla! Que comienza el Pregón de Antonio.
Francisco Clavijo Viózquez.
Abril de 2006.

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