¡Qué días los de aquellos años!

No sé qué me pasa, pero la llegada de esta época del año me pone nostálgico. Quizá sea el brasero, o el fuego de la chimenea. El caso es que acuden a mi mente recuerdos de la vida familiar de cuando yo era un chavalín.
Recuerdos entrañables como aquellas matanzas, con sus preparativos, con su olor a especias y su hartá de pelar y cortar cebollas y almendras. Recuerdo que llegado el día del sacrificio a mí me ponían a tirar del rabo. No era eso lo que me gustaba, lo que a mí me encantaba, además del ajo, era el ambiente. Venían a echar una mano mis tías, mis primas y las vecinas. Y se cantaba, y se contaban mil cosas, y se jugaba a las adivinanzas. Y cuando llegaban los maridos... chuletas a la brasa y a probar los ajos.
Hoy ya no hay que perder el tiempo en todo eso. ¿Que te apetece ajo, aunque sea agosto? Lo compras y no hay que armar el tinglado de las calderas, los lebrillos, las cebollas y las tripas. Además, así n o se necesita tanto a los demás, ni hay porqué juntarse como no sea algún día en el bar.
¡Y aquellos apagones de luz! Porque entonces se iba la luz muy frecuentemente y a veces durante toda la velada. Se encendía entonces el candil y llegaba la hora de los cuentos. Las brujas y los ogros parecían cobrar vida en las sombras que la luz vacilante del candil proyectaba en las paredes. Lo que a mis hermanos y a mí nos hacía arrebujarnos bajo las sayas de la mesa camilla. ¡Qué veladas!
Hoy es mejor. Ya casi no se va la luz y cuando lo hace viene enseguida. Casi no da tiempo de buscar siquiera la linterna y mucho menos el candil, además de que ya no se encuentran torcías. Y los cuentos... pues tampoco hay que perder el tiempo en contarlos. Los echan por la tele en dibujos animados y en color. Ya no hay que esforzarse en imaginarse a "Periquillo el de los palotes". ¡Con lo fácil que hoy sería apagar la luz y encender, si no el candil, al menos una vela! Pero, claro, nos perderíamos el programa de turno en la tele.
Recuerdo también que una de mis mayores ilusiones era que lloviese los fines de semana. No por aquello de la cosecha, que por entonces no me preocupaba de cosas serias, sino porque si llovía, mi padre no se iba al campo y nos sentábamos con él frente a la lumbre, en la chimenea. Todavía me parece estar viéndole haciendo pleíta mientras nos contaba cosas del campo y cuentos interminables. Y llegaba mi madre con la sartén y un puñado de garbanzos y nos hacía torraos. El colmo de la felicidad era cuando, en lugar de garbanzos, echaba en la sartén maíz y crujían y saltaban las rosas.
Hoy todo es más cómodo. Coges cinco duros, te vas al quiosco y compras las palomitas. ¡Menuda pejiguera eso de la sartén, la lumbre y todo lo demás! Además, hoy las casas son diferentes. Las chimeneas, si las hay, están para adornar y no para hacer humo y tonterías. Y si llueve, pues como todo el día hay programas en la tele, ya no hace falta que nos entretengan los padres.

¿Y qué decir de los Reyes Magos? ¡Qué ilusión irse días antes ante el escaparate de "La Campana" y quedarte embobado viendo la exposición de juguetes que allí montaban! ¡Y qué ilusión la llegada del único juguete del año! Si queríamos más había que ingeniárselas: Un cordel, una caja de zapatos y ya tenías un camión. ¡Y cómo se cuidaban! Aún conservo tres cuentos que me trajeron una año los Reyes y me los volvieron a echar otros dos años consecutivos. Debió ser que o no tenían muy buen concepto de mi memoria o que la economía por entonces no permitía gastos superfluos.
Hoy los Reyes son más espléndidos y vienen en cualquier época, además de que también está Papá Noel. Y no hay que ingeniárselas como antes, hoy los juguetes lo hacen  todo solos.
No, no es que piense que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Simplemente los tiempos han cambiado e indudablemente hoy se vive mejor. Pero... a veces me pregunto si, de vez en cuando, no merecería la pena apagar la luz y encender el candil.
Hernando de Cárdenas.

Publicado en la revista "El Candil" en diciembre de 1990.

No hay comentarios:

Publicar un comentario