¿Subvención?

             Hay veces en que, por mucho que hayas leído, siempre surge una palabra de la que no logras captar todo su significado. Esto es lo que me está sucediendo a mí, últimamente, con la palabra SUBVENCIÓN. La encuentro por todas partes: en los telediários, en los periódicos, en la calle, en los bares... No hay duda de que esa palabra está de moda y engendra preocupación. ¿Quién no ha oído hablar de la celebre reforma de la OCM del aceite que tanto nos afecta? Pues bien, cuanto más oigo la palabra “subvención” menos la comprendo. Incluso he recurrido al diccionario y lo que leo en éste no me cuadra con la realidad del asunto del aceite.
            SUBVENCIONAR, según el diccionario, es AYUDAR y, se supone, se debe socorrer al que lo necesite, ya sea por pasar necesidad o porque su cosecha, debido a mil causas, se haya perdido. Pero, con la “ayuda a la producción” no sólo se “auxilia” menos a quien menos tiene sino que, también,  se “socorre” más cuanto mayor es la cosecha. No lo entiendo. Tal vez sea que soy un ignorante en estos temas y no vivo de la tierra...
            Parece ser que ya ha sido descartada la “ayuda al árbol” que, aunque tendría sentido en el caso de haber una mala cosecha, seguiría subvencionando a la inversa y haría florecer a desaprensivos y tramposos que no dudarían en criar “mochuelos”. Aunque, tampoco entiendo esto muy bien porque, antes,  cuando yo ayudaba a mi padre en el campo, no había “subvención al árbol” y no por eso dejábamos secar los olivos. Muy al contrario, recuerdo que los mimábamos. Quizá eso también se deba a que, como, ahora, no soy del campo, no comprenda nada...
            No seré “del campo” pero me preocupo cuando leo o escucho que, de aplicarse la reforma de la OCM, será la ruina de la provincia, muchos trabajadores quedarán en paro y se perderán miles de millones de pesetas. Y yo no puedo por menos el recordar que mi padre, sin subvenciones de ninguna clase, logró sacar adelante a su familia y apartar a sus tres hijos del campo pues, por entonces, ya él nos decía que “el campo no tenía futuro”. Y yo, hoy, también, me pregunto: Si las cosas van tan mal; si el precio del aceite baja porque, gracias a Dios, hay en abundancia; si el olivar va a la ruina... ¿por qué, cada vez que salgo al campo, veo más olivos? Será que soy un inculto en todo esto y nada entiendo...
            Me sigo preocupando cuando otros dicen que, de aplicarse la reforma, Jaén se verá abocada a una catástrofe ecológica. ¡Como si la catástrofe no estuviese ya en marcha! Con reforma o sin ella, el deseo de producir más nos hace abusar de herbicidas, pesticidas, plaguicidas y porquericidas. No somos conscientes de lo que un salvaje ignorante, al que admiro, dijo hace ya más de un siglo: “Todo cuanto ocurra a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en la tierra se escupen a sí mismos. El hombre no tejió la trama de la vida; él sólo es un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.”  Pero esta es otra historia de la que quizá sepa algo más, aunque sigo sin comprender la actitud humana...
            Volviendo a la tan cacareada reforma. ¡Menos mal que aquí sí tenemos un chivo expiatorio! Ese Franz Fischler debe ser la encarnación del diablo; o puede que tenga un cuñado italiano; o, al igual que yo, puede ser que se haya hecho un lío con la palabra “subvención”. ¡Vete a saber el por qué de su postura! Y puestos a buscar responsables de este guisaguisado... ¿qué os parece Loyola de Palacio, Aznar o la Junta de Andalucía? Los culpables dependerán, como siempre, del partido al que escuches. ¡Y no hablemos de los italianos! ¡Dicen que nos están engañando! Yo no lo puedo asegurar pero, lo cierto es que, desde siempre, en esto del aceite han demostrado ser más inteligentes que nosotros pues han sabido comercializar el suyo y el nuestro. Y si gran parte del aceite que se consume en el mundo lleva etiqueta italiana... ¿nos extraña, ahora, que los cupos de producción asignados a cada país no se ajusten a la realidad? El pobre Fischler debe estar rompiéndose la cabeza por averiguar quién intenta engañarlo más, si los italianos o los españoles; porque si los primeros son unos “pillos”, los segundos no les vamos a la zaga. Pero no soy yo el más indicado en buscar responsables porque, en el fondo, soy un profano en estos temas y nada entiendo...
            Puesto a pensar, me extraña que los canarios no hayan pedido una subvención para sus plátanos, los manchegos para sus vinos, los murcianos para sus pimientos y los leperos para sus fresas. Por pedir que no quede porque... si no lloras no mamas y como el “no” ya lo tenemos asegurado... Me temo que nos estamos convirtiendo en los pedigüeños de Europa y, entre paro y subvenciones, vamos camino de ser una nación de vagos. No en vano Europa ha pensado convertirnos en un “país de servicios”.  El solo pensarlo me llena de tristeza. Será que, como no vivo de esto, no comprendo nada...
            Entre tanto maremágnum de declaraciones, manifestaciones y huelgas, una cosa sí creo entender y es que el problema del aceite, como tantos otros problemas, ni es tan reciente ni es tan sencillo ni tiene tan fácil solución como parecen dar a entender tantos demagogos oportunistas que, como en tantas otras cosas, sólo trabajan de cara al “voto”. También he logrado medio comprender las declaraciones del secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA) en las que “apuesta por las ayudas moduladas que subvencionen a las plantaciones que realmente lo necesiten y no aquellas que son capaces de generar beneficios por sí solas”.  Esto ya se acerca más a lo de “ayuda al necesitado”, aunque esto también nos lleva a otro problema... ¿quién es el necesitado?... Y yo, mientras tanto, sigo esperando a ver si, de una vez por todas, logro comprender lo que significa la palabra SUBVENCIÓN.
Hernando de Cárdenas.

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